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      <DefaultText>Ves un campo de batalla plagado de cuerpos. Hay muerte por todas partes y el sonido del metal se escucha sobre el macabro escenario. Los gritos de los heridos inundan el aire, y en ocasiones se enmascaran con el toque de difuntos de otra baja.
 
Este hombre está corriendo, pero no puedes ver de qué huye. Tiene la respiración entrecortada y la mirada aterrorizada. Mientras corre, lidia con una túnica manchada de sangre. Rasga la tela como si le quemara la piel y, en su desesperación, emite pequeños gimoteos desde el fondo de la garganta. Se le engancha el pie en un brazo que sobresale de entre un montón de cadáveres; intenta maniobrar, pero cae hacia delante, aterriza sobre un soldado caído y se queda mirando sus ojos muertos. Los gimoteos ganan intensidad mientras intenta retroceder y separarse del cuerpo. Las manos se le resbalan en la armadura manchada de sangre, se derrumba hacia un lado y cae de espaldas. Empieza a menear la cabeza con las mejillas mojadas de lágrimas de terror.
 
Se incorpora de rodillas, explora el campo con los ojos muy abiertos y respira tan rápido que empieza a marearse. Recupera a duras penas el movimiento y se mete las manos en la túnica, la mirada perdida y agitada por la carnicería que tiene alrededor. Por fin, desgarra con dedos nerviosos la túnica desde el pecho y la lanza al suelo; el sonido de la batalla todavía resuena en sus oídos durante la huida.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a este hombre, mucho más joven, sentado en un taburete con la mirada en blanco y los labios apretados. Un hombre mayor se inclina hacia él, lo reprende y le grita: es el padre del muchacho. Hay una mujer sentada en el rincón con la cabeza hacia delante y la mirada desviada de la confrontación. El joven levanta la mirada y se queda mirando fijamente a su padre.
 
Este atrevimiento parece descolocar a su padre, pues deja de gritar. Después, se le endurece el rostro y empieza a gritar de nuevo, levantando la mano y golpeando al joven en la coronilla. El joven baja la cabeza y se agarra con fuerza las rodillas. El padre se da la vuelta y coge un atizador de las llamas de la chimenea. Se gira de nuevo y empieza a gesticular con el atizador para darle más énfasis a su discurso. Después, avanza para hincar el atizador caliente en el antebrazo del muchacho. En ese momento, algo en el joven cambia. Coge el atizador y se lo arranca al hombre de las manos. Se levanta, se gira, golpea con el atizador el taburete en el que estaba sentado y lo hace añicos. Lo agita por el aire, hacia la cabeza de su padre. El hombre se agacha, el atizador golpea la pared y destruye varios objetos pequeños que había en la repisa. El joven se aleja de lo que fue su taburete y golpea con el atizador una mesa pequeña junto a la pared; la rompe y destruye un jarrón que había encima.
 
Se detiene y respira hondo; una mano se apoya sobre su hombro. Se gira agitando el atizador, cuya punta todavía está roja por las brasas. Abre los ojos como platos, imitando la mirada de la mujer que tiene ante sí y que lleva la punta del atizador saliéndole por la espalda. Lanza las manos al aire separando los dedos. La mujer cae lentamente de rodillas y se revuelve hacia un lado con los ojos vidriosos durante la caída. El padre corre hacia la mujer, su esposa, gritando y agitando los brazos. Se coloca frente a su hijo y lo mira fijamente, levantando la mano y abofeteándolo con fuerza tal que le dobla el cuello al muchacho. Apunta hacia la puerta e, inmediatamente, le da la espalda al joven y cae de rodillas junto a la mujer, que yace en el suelo. El joven los mira a los dos, inmóvil. El padre dice algo entre gruñidos, y el joven recobra la consciencia y se marcha a toda prisa.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un pequeño grupo de gente que camina por un camino lleno de baches rodeado por un bosque espeso. Este hombre camina junto a ellos, charlando y bromeando como si fueran viejos amigos. Aunque su aspecto es frívolo, su fachada jovial se rompe con las ocasionales miradas furtivas hacia la densa línea de los árboles.
 
Se oye un ruido entre los árboles, como el crujir de una rama al romperse. El hombre levanta la mano para silenciar a los viajeros, y acaba con el tono desenfadado de la tarde. Miran alrededor con preocupación en el rostro y se juntan más. El hombre le indica al grupo que permanezca donde está y se adentra hacia los árboles. Hay varios minutos de silencio durante los cuales se esfuerzan por escuchar algo y se agolpan unos junto a otros con nerviosismo. Otro crujido, esta vez procede del lugar donde el hombre se ha adentrado en el bosque. Una figura emerge de la línea de los árboles y el grupo se relaja al verlo. La figura se acerca más al grupo, lo suficiente para verle la cara, y uno de ellos lanza un grito de consternación cuando se da cuenta de que no se trata de su amigo.
 
En cuanto el sonido sale de su boca, otro grupo aparece de entre los árboles, armas en mano, y rodean a los viajeros. Como ninguno de ellos va armado ni está en condiciones de luchar, no tardan en ser dominados y amarrados, y les despojan de todos sus objetos de valor. Los bandidos desaparecen por el bosque entre risas y dejan su presa en el camino. Ya a salvo y dentro del bosque, vuelven a reunirse con el hombre. Sonríe, burlándose de la ingenuidad de la gente que se fía de un completo extraño con tal de que les invite a una copa.
 
Coge su parte del botín y se marcha.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un claro rocoso lleno de maleza. Un muro medio derruido lo limita por un lado, y los árboles se saludan por arriba, bloqueando la luz que pudiera llegar a iluminar el cuerpo que hay tumbado cerca de la pared.
 
El cuerpo pertenece a un elfo y está boca abajo sobre el polvo. Lleva la ropa rasgada y desgarrada. Está cubierto de grandes moratones y tiene toda la piel llena de cortes, abrasiones y heridas.
 
El elfo se retuerce y lanza un grito amortiguado que levanta el polvo sobre su cabeza. Empieza a gemir y a arañar el suelo con las manos, ahuyentando algo que no consigues ver. Su respiración se acelera cada vez más hasta que al final está prácticamente hiperventilando. Con un sonido final, un grito ahogado, abre los ojos.
 
Al momento se levanta, agachado, lanzando una mirada salvaje a su alrededor. Su respiración no se calma, cada exhalación es un quejido. Mira por última vez por encima del hombro; el elfo se oculta entre las sombras del muro y, prácticamente, desaparece entre la penumbra. 
Examina su estado actual y murmura: "No sé cómo alguien que CLARAMENTE maltrata a sus animales puede sentir tanto su pérdida".</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un tronco caído sobre el suelo cubierto de musgo. El bosque de alrededor está tranquilo, todo está en calma, impertérrito. Un pajarito se posa sobre un extremo del tronco para calentarse bajo el sol.
 
Este hombre aparece entre los árboles, moviéndose rápidamente pero sin llegar a correr. Coloca cada uno de sus pies con deliberada precisión, y apenas hace ruido alguno. Salta y aterriza sobre el tronco para después recorrerlo de una carrera. El pájaro no emprende el vuelo hasta que el hombre llega al final, como si no se hubiera dado cuenta de que estaba allí. Salta desde el tronco y cae junto a un árbol con una pequeña rama que sobresale justo por encima de la altura de su cadera. Coge la rama y se empuja hacia delante, lo que le da una breve aceleración.
 
Está llegando al límite del bosque; ya se empiezan a ver los edificios a través de los árboles. Los sonidos de la vida empiezan a abrirse camino entre el aire y llegan a sus oídos. Se inclina hacia delante y corre para atravesar la línea de árboles y llegar al camino que se encuentra al otro lado. De repente, se detiene y mira a su alrededor, con la respiración entrecortada por la fatiga. No parece encontrar lo que está buscando y decide apoyarse en un edificio cercano.
 
Pasan varios minutos y sonríe. Se separa de la pared y camina para reunirse con una figura que llega corriendo por el camino, respirando fuerte y meneando la cabeza. Le comunica a la figura de que va a tener que esforzarse más si quiere tener alguna posibilidad de derrotarlo. Coloca el brazo sobre el hombro del otro hombre, le recuerda que hay una cerveza en juego y le dice que ha llegado el momento de saldar la deuda.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una habitación con una decoración muy elegante; los tapices de las paredes y las elaboradas lámparas de aceite crean un ambiente cálido y relajante. Hay varios sofás repletos de cojines de seda y una mesa elegante en medio de la sala. Esta mujer está sentada en la mesa frente a otra mujer. Las dos van bien vestidas, su estilo es adecuado al de la estancia en la que se encuentran. La otra mujer tiene el cabello rubio, lo que contrasta con el pelo negro de esta, y lo lleva recogido sobre la cabeza con un estilo muy dramático. Las mujeres hablan en un tono sencillo y desenfadado; obviamente se conocen bien.
 
Aunque ambas parecen cómodas con la compañía de la otra, los actos de la mujer rubia están tintados de un extraño nerviosismo. En ocasiones se delata con una pequeña risita o tartamudeo que engancha después con un comentario sencillo. Su actitud cambia de amigable a tímida y viceversa sin motivo alguno.
 
Esta mujer se inclina un poco hacia atrás en la silla y se estira ligeramente. Cuando termina, coloca suavemente su mano junto a la de la otra mujer dejando que sus dedos de entrecrucen sutilmente. La segunda mujer deja de hablar en medio de la frase, respira hondo y se sonroja. Pero no retira la mano. Esta mujer sonríe y acerca más su mano, hasta sujetar la mano de su interlocutora. Después, se levanta y camina alrededor de la mesa hacia la mujer rubia, cuyo rostro muestra sentimientos encontrados de terror y deseo.
 
Ríe tímidamente, retira la mano y se la lleva a la boca. Cada vez se sonroja más. Esta mujer se detiene y la observa con una chispa en la mirada. Alarga la mano y saca algo del cabello rubio, que se suelta y cae sobre sus hombros. Después se inclina, acaricia con sus labios la mejilla de la mujer rubia y descansa la boca sobre su oreja. Mientras le susurra algo, baja la mano hábilmente por el cuerpo de la otra mujer hasta llegar a la cintura. La rubia se estremece y se apoya en la mano, cierra los ojos y presiona con la mejilla los labios que siguen susurrándole al oído. La mano de esta mujer retira hábilmente una pequeña bolsa del cinturón de la otra y se la esconde a la altura de la cadera por debajo de su capa. Entonces, besa a la otra mujer en la mejilla y se levanta de nuevo sin perder la sonrisa.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves cuatro antorchas llameantes, la única fuente de luz que se refleja por cuatro tensos rostros. Duras palabras enturbian el ambiente entre ellos mientras discuten sobre la ruta: unos quieren regresar, otros prefieren continuar. Avanzan con pies de plomo por la fría y húmeda cueva, tapándose la nariz y con la mirada alerta. Una elfa fantasmagórica es lanzada por el aire y cae contra el suelo, víctima de una trampa sorpresa. 
 
Ahora, el grupo está rodeado; manos esqueléticas emergen de la tumba por la intrusión de la vida en medio de su inexistencia. El grupo trata de buscar sus armas, pero ya es demasiado tarde: tienen los esqueletos encima.  
 
La elfa caída abre los ojos. Uno de sus compañeros cae y está a punto de ser atravesado por una lanza antigua. La adrenalina invade su cuerpo y grita al entrar en acción, moviéndose más rápido de lo que podría hacerlo cualquier ser consciente. Con los ojos blancos de pánico, conjura un muro de fuego que incinera el esqueleto y le ofrece al grupo un indulto momentáneo. Respirando con esfuerzo, comparten una mirada cómplice mientras un naranja centelleante inunda el pasaje, y preparan sus armas. Esta vez están listos y los esqueletos apenas duran pocos minutos antes de caer de nuevo al suelo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo de aventureros en una cueva fría y húmeda enzarzados en un combate con varios xaurips. Un luchador y un bárbaro defienden las líneas de frente, hay un druida más atrás preparando un hechizo y un proscrito se va abriendo camino tras las criaturas. Este enano está detrás de todos ellos, prácticamente bailando de emoción. Parece estar disfrutando al máximo de la batalla, observándola con afición.
 
Aparece en el combate un xaurip grande empuñando una lanza en cada mano, es un jefe tribal, y el hombre ríe de contento. "¡Para ti!" Levanta una mano con la palma hacia abajo, saca un libro con la otra y se lo coloca bajo el brazo. Dice unas palabras sobre el poder y después realiza un movimiento de lanzamiento. Tres bolas chisporroteantes de energía aparecen de su mano y vuelan por el aire, certeras hacia el xaurip. La criatura chilla de dolor y mira al origen del mismo mientras la energía impacta contra ella. El enano le saluda con la mano y baila tras la corpulenta masa del bárbaro.
 
El enano retoma su posición: mano desplegada y libro debajo, y empieza a entonar de nuevo un cántico, haciendo complejos movimientos con la otra mano. Vigila de cerca al proscrito, que se acerca sigilosamente al jefe tribal preparado para atacar. Su mano brilla y sus cánticos se ralentizan, esperando el momento perfecto. La daga del proscrito sale volando y aterriza en la espada del jefe tribal. Lanza un grito medio ahogado y empieza a caer.
 
"¡Ahora!" Grita el enano, con la mano alargada frente a él y con la palma hacia delante. El bárbaro y el luchador caen de espaldas y dan una voltereta alejándose de la línea de frente; los xaurips, confundidos, se quedan atizando el cielo. El proscrito salta hacia arriba y se aleja, corriendo al otro extremo de la cueva y alejándose todo lo posible de la gran bola de fuego que se dirige hacia el jefe tribal caído. 
 
El enano ríe durante la explosión y en medio de las llamas, con la cabeza hacia atrás y rezumando alegría.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un joven espiando a un ladrón de caballos entre tablones de madera, con la mirada brillante de admiración. El ladrón sale de ahí como si fuera el amo del lugar, con los caballos en la mano, y le hace un guiño. El joven le devuelve el guiño, asiente y aplaude en silencio. 
 
Se cuela por un hueco al otro lado del cobertizo y desata otros tres caballos. Mientras tranquiliza a sus nuevos lacayos, le van rondando nuevas ideas por la cabeza. Sigue a su nuevo compañero y comparten una sonrisa triunfante.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una mano firme tomando notas de un tomo antiguo y sorprendentemente robusto; la escritura es precisa, las imágenes pequeñas pero claras. El monje pasa los dedos suavemente por las páginas, una tras otra, en busca de algo. La escritura es antigua, prácticamente ilegible, pero persevera garabateando páginas y páginas de notas, transcribiendo el libro para hacerlo más comprensible. De repente empieza a acelerar la escritura con la mirada salvaje, y la pluma se desdibuja a través de la nueva página salpicada de tinta. Con un sobresalto, se aleja de la mesa y cierra el tomo, causando una polvareda en la habitación, y lanza una amplia sonrisa. 
 
Se apresura hacia la salida con las notas amontonadas sobre su brazo y una nueva aventura en la mente.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un claro embarrado; está lloviendo a cántaros. Este hombre está tumbado boca arriba en el fango y sujeta con las manos las fauces de un stelgaer enorme que tiene encima con las pezuñas delanteras sobre el pecho. La fuerte lluvia cae sobre ellos, haciendo de contrapunto a los gruñidos de los rivales. Están rodeados de cadáveres de stelgaer y el cuerpo del hombre muestra indicios de un combate difícil. Lleva la ropa rasgada y retales colgando. Tiene los brazos llenos de cortes y rasguños. Recibe un enorme corte en la frente y la sangre, mezclada con el agua, le cae por la cara y gotea en el barro. El hombre tiene que poner todo su esfuerzo en evitar que la bestia cierre la mandíbula.
 
El hombre mira a su alrededor sin orden ni concierto hasta que por fin ve, a escasa distancia de su cabeza, un hacha grande cubierta de mugre y barro por culpa de la lluvia. Mira al stelgaer y después el hacha, y su mirada delata una frágil determinación. Le tiemblan los brazos, parece que no podrá sujetar a la bestia mucho más tiempo. Respira hondo y tuerce la mano derecha alrededor de la mandíbula inferior del stelgaer. Después, suelta la mano izquierda dejando libre la parte superior de la cabeza La boca del stelgaer se cierra automáticamente sobre su mano derecha, mientras estira la izquierda para coger el mando del hacha. El stelgaer rechina los dientes y se retira intentando soltarse; le sale sangre de la boca y le gotea sobre la cara. Con un gruñido que se convierte rápidamente en un grito de dolor, el hombre baja la mano derecha acercando así la cabeza de la bestia y, al mismo tiempo, agita el hacha. El filo del arma le corta el cuello al stelgaer, que lana un aullido y abre la boca en un intento por zafarse del hombre.
 
Antes de que la mano retorcida pierda el punto de agarre, el hombre tira y gira con todas sus fuerzas para intentar tirar la bestia al suelo, aprovechando la resistencia del stelgaer para incorporarse. Le estampa el hacha contra el cuello una vez más. Y otra vez. Y un último impacto en que, por fin, la cabeza y la mano se liberan simultáneamente. La cabeza sale volando y se coloca la mano detrás de la espalda para prepararse para la caída. Cuando su mano golpea el suelo y cae él encima con todo su peso, un segundo aullido de dolor escapa de su boca. Con la respiración entrecortada, levanta su mano retorcida para evaluar los daños. Ha perdido el dedo meñique, debe de estar entre el fango. Tiene los dos dedos siguientes torcidos, rotos y desgarrados, sujetos al resto de la mano por pequeños trocitos de carne. Suspira y sujeta los dos dedos colgantes con la mano izquierda.
 
Aprieta los dientes y tira.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una joven de pie, frente al escenario de una amplia llanura de hierba. Su rostro muestra reflejos plata y sombras a la luz de la luna, y mira hacia abajo, hacia la balsa de madera que tiene a los pies. 
 
Hay una mujer mayor tumbada en la balsa con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados por la muerte. Tiene el rostro del mismo tono gris oscuro que la joven y las mismas protuberancias en la cabeza, pero ahí termina todo parecido.
 
La más joven coge un colgante del cuello de la mujer mayor y se lo coloca. El medallón de platino representa una medialuna envuelta en una ola enrollada: es el símbolo de la diosa Ondra.
 
La joven empuja la balsa desde la playa frondosa, hacia la marea. Desde las olas, ve cómo va desapareciendo y una lágrima plateada le recorre la mejilla.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un joven contorsionarse, gritando, atado a una mesa de madera. Sobre él crepita una máquina y pequeños relámpagos acarician su escuálido cuerpo. Un trío de magos entonan un cántico a su alrededor; ojos en blanco, manos alzadas bendiciendo a su víctima agonizante. Los gritos duran más tiempo de lo que uno se esperaría antes de ser sustituidos por gemidos roncos y punzantes, y por el silencio. Entra una mujer de cabellos plateados que lo besa en la frente y lo calma y lo engatusa con sus maternales manos. Se tranquiliza, incapaz de hablar de tanto gritar, y espera una muerte que nunca verá.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una figura oscura moviéndose rápidamente por una habitación, cogiendo objetos y metiéndolos en un saco. La estancia está totalmente desordenada. Esta elfa está tumbada en el suelo, en medio de la sala. Tiene la respiración entrecortada y el rostro cubierto de lágrimas. Inclina la cabeza ligeramente hacia un lado porque le llama la atención un ruido en el otro extremo de la habitación. Ves salir a la figura llevándose todos objetos valiosos de un baúl.
 
Lentamente, levanta las manos y se cubre el rostro con ellas. Menea la cabeza con debilidad y la gira para mirarse los dedos, cubiertos de su propia sangre. Se le altera de nuevo la respiración y suelta un gimoteo silencioso. La figura oscura detiene su búsqueda y se gira para mirarla, susurrándole algo al oído.
 
La figura camina de nuevo hasta la elfa y se coloca junto a ella, inclinando la cabeza como si hubiera olvidado completamente que estaba allí hasta que hizo el ruido. Se arrodilla junto a ella, la observa con la mirada perdida y le coloca la mano sobre el estómago. Sin mediar palabra y sin retirar la mirada, le mete dos dedos en la herida abierta del abdomen. Ella abre más la boca en un grito silencioso y el rostro se le paraliza del dolor. El cuerpo entero se le debilita en un instante, se derriba por el dolor y cae desmayada. La figura la observa una vez más y escupe antes de marcharse.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una figura menuda escabulléndose por la paja de un viejo cobertizo; el cuchillo brilla con la luz de la luna que se cuela por los tablones rotos. Los caballos arrastran los pies, inquietos, y resoplan cuando se acerca la figura. Los hace callar y, con un movimiento rápido, corta tres lazos de cuero, coge a los caballos asustados y los saca por la puerta principal con paso decidido. Tras lanzar un guiño hacia las sombras, gira la esquina y desaparece. Cuando descubran el robo, ya habrá cabalgado durante medio día.
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      <DefaultText>Ves a un hombre examinando una mercancía en un puesto cerca del límite de un mercado con mucho movimiento. Esta elfa está apoyada sobre la pared de un edificio cercano y parece estar mirando algo lejano. Aunque aparentemente parece calmada, incluso despreocupada, tiene la mirada fija en el hombre que hay al otro lado de la calle. Su mirada no vacila, nunca se aparta de él. Termina de examinar los objetos y baja por la calle mirando de un lado al otro. Ella espera a que él prácticamente se haya perdido entre la gente y después se separa de la pared y lo sigue, sin perderlo de vista, pero sin acercarse lo suficiente como para ser vista.
 
Al final, él toma un callejón y camina hasta una residencia opulenta que tiene entrada privada. Ella se acerca con cautela y lo observa mientras deshace una serie de cerrojos místicos de la puerta. Cuando termina y la puerta se abre, ella avanza. Al escuchar el ruido, él se gira a mirarla. Ella lo mira a los ojos y, en su mirada, hay un destello prácticamente imperceptible; de repente, él se queda rígido y con la mirada fija.
 
Ella sonríe, extiende la mano para saludarlo y mira hacia dentro de la casa. Él le coge la mano como si estuviera en trance, pero su rostro inexpresivo no parece reconocerla. "Estoy deseando ver toda la mercancía que me vas a dar" afirma ella con un tono familiar, y lo guía hasta la casa, vigilando para asegurarse de que nadie los está observando.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves cómo la proa de un barco despedaza la cubierta de otro, una embarcación especiera vailiana, y son abordados al instante presa de montones de astillas y del pánico. Los piratas abordan sin que apenas tengan tiempo de gritar, son todo codos, pendientes de oro y violencia por doquier. La tripulación es lanzada, empujada y golpeada fuera de cubierta, mientras aborda el curtido capitán. La cacería empieza inmediatamente al tiempo que el agua comienza a tomar posesión del mercante dañado. Las cajas de mercancía más grande son ignoradas completamente, pues prefieren las cajas y botes más pequeños y delicados. El capitán se levanta con el agua por los tobillos, y espera a que su tripulación regrese al barco con el botín. Los cuenta, coge carrerilla, da un salto y coge el raíl, lanzándose a bordo mientras los restos del mercante son devorados por el océano. La tripulación aplaude, vitorea y ríe mientras empieza a clasificar las valiosas especias vailianas. Los del Fancington comerán bien esta noche.  </DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a este orlano recorriendo con cautela un oscuro pasillo de piedra. Tiene los ojos muy abiertos y mira constantemente por encima del hombro; hasta el menor ruido le hace saltar. Va vestido como para una aventura, pero la armadura no le encaja bien y la mochila se le cae constantemente de la espalda. Escucha otro sonido por detrás y se da la vuelta, intentando ver entre la oscuridad y localizar el origen del ruido. Se queda ahí, parado, mirando fijamente y conteniendo la respiración, durante varios segundos.
 
Cuando ve que no sucede nada, suspira de alivio y se gira para seguir caminando. Se le cae la mochila del hombro y caen utensilios de cocina, que producen un estruendo en medio del silencioso pasillo. Se queda paralizado tras el incidente, escuchando en medio del silencio sepulcral. Escucha el ruido de unos pasos detrás de él. Chilla y echa a correr, huyendo de la criatura que se está acercando, entre el repiqueteo de los objetos que se le han caído. Los pasos aceleran y el orlano grita de nuevo y corre por el pasillo. Se escucha un gruñido gutural por detrás y se gira; un ogro aparece entre las tinieblas. El chillido se transforma en un grito; agacha la cabeza y echa a correr a toda velocidad. El ogro pisa los objetos del suelo y lanza un grito de dolor; rompe el paso y se mira el pie para continuar a saltos. Preso del pánico, el orlano se engancha con la cuerda de una trampa que cruza el pasillo. Se tropieza y cae al suelo; después, rueda hasta acabar tumbado boca arriba. Levanta ligeramente la cabeza y mira por el pasillo. El ogro ha recuperado el paso y ahora corre hacia él, con la mano extendida e intentando cogerlo. Ni el orlano ni el ogro son conscientes del hacha de batalla que dibuja en al aire un arco mortal y que ha sido activado accidentalmente por el orlano.
 
El hacha se clava en el rostro del ogro y lo detiene en seco, con las manos extendidas; la sangre le corre por la cara y gotea sobre el suelo. El orlano se queda mirando con los ojos muy abiertos mientras el ogro se queda inmóvil; su peso lo va separando lentamente del hacha con un sonido húmedo y absorbente. Se suelta y cae, provocando un chillido final del orlano, que mira hacia atrás para evitar ser aplastado por la cabeza del ogro. Tras unos momentos para procesar lo que ha sucedido, el orlano se deshace del cuerpo del ogro y corre por el pasillo hacia la salida.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a dos hombres recorriendo lentamente un pasillo de piedra. Avanzan con cautela y constantemente se giran para mirar atrás. Uno de ellos es este hombre, que se detiene y acerca un fragmento de un pergamino a su casco iluminado para poder leerlo, mientras el otro sigue caminando, mirando por encima del hombro. El primer hombre levanta la mirada del pergamino, en medio de una frase, y se detiene, la expresión de su semblante pasa de la cautela al miedo. Empieza a gritar una advertencia, pero ya es demasiado tarde. El xaurip que apareció ante ellos de entre las tinieblas se lanza hacia delante y clava su pequeña espada en el estómago del otro hombre. Después chilla, al parecer repugnado por lo que está sucediendo y se retira rápidamente, dejando la espada clavada en el abdomen del hombre.
 
Tira el pergamino y sale corriendo a coger a su amigo. La herida no es grave. De hecho, ni siquiera parece que la espada haya penetrado mucho. El hombre vuelve a mirar por el pasillo en busca de cualquier indicio de movimiento. No aparece nada más de entre las tinieblas, así que se levanta y camina por el pasillo con decisión, espada y escudo en mano. El pasillo empieza a ensancharse y, al entrar, se escucha un aullido quejumbroso procedente de la oscuridad, del lado opuesto de la estancia. Se detiene y avanza lentamente hacia el sonido.
 
La luz revela la presencia de un xaurip apoyado en la pared, sujetando con un brazo tras de sí a otro más pequeño. El xaurip más grande se ha colocado entre él y el más pequeño para proteger al menor con su cuerpo. La decisión se desvanece del semblante del hombre, que baja el escudo y envaina la espada. Levanta las manos y, lentamente, empieza a retirarse, dejando que el xaurip cuide de su cría. Cuando la estancia se estrecha y vuelve a ser un pasillo, se detiene. Mete la mano en la bolsa, saca unas cuantas raciones y las deja en el suelo; después, regresa con su amigo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a tres chavales humanos caminando por una calle de la ciudad, empujándose y bromeando. Se detienen, uno apunta hacia la calle y se miran.
 
Esta orlana, aunque más joven y pequeña, es el foco de su atención. Tiene un puñado de monedas que se pasa de una mano a otra y avanza hacia el mercado. Los chicos se mueven rápidamente, tratando de llegar hasta ella entre la multitud hasta que forman una línea frente a ella, arrinconándola lejos de la vía principal.
 
Los chicos la increpan y acusan de haber robado las monedas, ignorando sus protestas de inocencia. La amenazan diciéndole que la van a entregar a la guardia de la ciudad por robo si no les entrega las monedas porque, con ese dinero, pueden ayudar a al menos tres desafortunados. Uno de los chicos intenta quitarle las monedas pero ella retira la mano. Le  golpea a ella en la cabeza y le coge la mano, obligándola a abrirla, dejando caer las monedas sobre la mano del chico. Los chavales ríen y le agradecen sus servicios; después, desaparecen entre la multitud.
 
La orlana mira a su alrededor con los ojos llenos de lágrimas. Ve a un miembro de la guardia, se dirige hacia él y le dice que la acaban de asaltar. El guardia ni se inmuta, y le dice que, si la ayuda, la próxima vez va a volver a dejarse robar. Ella protesta y le dice que su trabajo es ayudarla, pero el guardia se queda impasible e inmóvil.
 
Ella se le queda mirando un rato con sus pequeños ojos dominados por la furia. Sin decir una palabra más, se gira y sale disparada con la mirada resuelta.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un barco azotado por una devastadora tempestad. El oleaje sube y baja, arrastrando el barco como si de un juguete se tratara. Este hombre está sobre cubierta, al timón del barco, con el agua azotando alrededor. La tripulación va frenética de acá para allá intentando controlar el caos. Les grita órdenes, apunta hacia donde tienen que ir y les va encomendando tareas. Los hombres, visiblemente alterados, parecen calmarse cuando reciben sus órdenes.
 
Le indica al timonel que retome su puesto y acude a ayudar a un tripulante que está forcejeando con una cuerda enganchada a una de las velas. El barco corona una ola, se coloca prácticamente en vertical en una dirección y después en la otra. Varios tripulantes caen al suelo y resbalan por la cubierta mientras el barco se balancea.
 
Cuando pasa el impulso y el barco recupera una orientación relativamente normal, el hombre examina la cubierta, rápidamente y en silencio. Por suerte, esta vez no han perdido a nadie. Mira en la dirección hacia la que se dirigen y no ve que la tormenta les vaya a dar un descanso. Con la mandíbula firme y el labio superior agarrotado, retoma el timón.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a este hombre en medio del bosque y de espaldas a un árbol. Gira la cabeza tratando de escuchar algo. Después, la gira en la otra dirección y, lentamente, se desliza por le árbol y cae agachado. Avanza con cuidado, manteniéndose entre las sombras. Sus pasos son silenciosos; pisa las hojas y las ramas con extremada cautela.
 
Se escucha el eco de un rugido entre la tranquilidad de la mañana y el crujir de pisadas arrastrándose y acercándose hacia él. Estira el cuello alrededor del árbol y espía a su objetivo. Va rodeando el árbol, utilizándolo para separarse de su presa. Los crujidos se acercan más; ahora, el gruñido va acompañado de un olisqueo húmedo.
 
Se agarra al árbol y mantiene esta posición mientras espera. Después, con una gracia casi sobrenatural, coge impulso desde el árbol y se balancea alrededor, hacia la derecha, prácticamente corriendo a lo largo del tronco y flotando mientras avanza. Aterriza delante del jabalí que está merodeando por el claro y, con la velocidad de un rayo, saca el cuchillo y se lo pasa por el cuello. Antes de que el animal, sorprendido, pueda reaccionar, él salta sobre su lomo, lo aprieta con las rodillas y le agarra el pelo por detrás del cuello. La bestia empieza a corcovear tratando de huir de su agresor, pero el hombre se limita a aguantar y espera lo inevitable, disfrutando de la emoción de un merecido festín y pensando en las especias que mejor resaltarán el sabor natural del jabalí. 
 
En pocos segundos la lucha termina y se acaba la emoción, que da paso al mismo apetito aburrido que lo llevó a hacer esto. La emoción lo ha abandonado más rápido que la última vez y ya está pensando en cómo superarlo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre lento y fatigado que abre la puerta de una casa. Entra, se desata las botas, se frota la sien y lanza una sonrisa que le ilumina el rostro al entrar en una generosa cocina. Llama a alguien y se corta una rebanada de pan. La casa le responde suavemente con un crujido. Frunce los labios, sale de la cocina y entra en una estancia amplia con una escalera. Mastica lentamente mientras sube los escalones de uno en uno. Vuelve a llamar. No hay respuesta. Al entrar en una habitación del piso de arriba, el cuerpo se le paraliza por un momento: la cama está vacía y solitaria excepto por un montón de peluches descoloridos. Acelera el paso y comprueba todas las habitaciones, llamando cada vez con más urgencia. No hay respuesta. Desaparece todo indicio de cansancio para dar paso al pánico. Comprueba los armarios, las bañeras, cualquier lugar donde se pueda esconder un niño. Nada. Y entonces... ve una carta junto a la puerta por la que entró con un extraño símbolo en un sello de cera. Un sello que ya había visto antes.
 
Se desploma, apoyándose tembloroso sobre la dura pared. Nadie lo ve llorar.
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      <DefaultText>Ves cruzar una amplia sonrisa por la cara de un hombre, y en el rostro de una mujer, más joven aún que él.  Ella se mueve más cerca bajo la tenue luz, decidida y lentamente, saboreando la expectación en la lengua de él, su deseo en ella.
 
La vela se consume, emitiendo una luz suave sobre los multifacéticos ojos de él. Ella se sienta detrás, dandose cuenta ahora de los cuernos luminiscentes y la moteada piel azul de él. Sus peculiares rasgos la dejan sin aliento, pero no podrías decir si desde la fascinación o desde el horror. Él acerca una mano, trazando la línea de su barbilla, sibilantes susurros serpentean en el aire, tentando, engatusando. Algo en ella se detiene, y su sonrisa retorna cuando él exitende su lengua para lamer la curva de su garganta,  parando a un pelo de su piel.
 
"De lo que hablamos... tu marido..."
 
"No debería, el estaría arruinado". Una vaga protesta.
 
El hombre menea su índice hacia ella, haciendo un juguetón sonido de desaprobación, trazando una línea con el dedo de su torso abajo, haciendo que ella se retuerza. Se detiene un poco. Ella  resuella.
 
"¡No es justo! ¡Esto es... esto es trampa!” Ella protesta de manera infantil.
 
"No si nosotros hacemos las reglas". El hombre guiña un ojo, y termina su carica.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre planeando por el aire que golpea una pared con un estruendo nauseabundo. No se levanta. Su atacante, un guerrero fornido y pulcro con una sonrisa carnívora, se gira y clava el puño en el estómago a otro asaltante, eliminando otro elemento de la improvisada camorra. El barco es un torbellino de codos, rodillas, puños y pies que no parece tener fin, y él se siente en su salsa.
 
En la esquina, tres hombres más menudos hablan en voz baja y lanzan miradas maliciosas al hombre más grande del centro. Rompe una silla sobre una cabeza tatuada que se despedaza con un crujido. El trío se posiciona en tres partes de la sala y, con un gesto lacónico, decide cargar. Lamentablemente para ellos, el hombre los ve venir, hay algo que le arde en la mirada, y los tres se desploman contra el suelo sumidos en una agonía que solo existe en su mente. 
 
El hombre fornido se inclina para acceder a una sala de inconscientes y discapacitados antes de salir pausadamente seguido de un silbido desafinado.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo numeroso reunido en medio de un patio. Este hombre está entre ellos; lleva un capa sobre la cabeza y se la sujeta por el cuello. La gente se ha congregado alrededor de una plataforma y todos observan, cautivados, cómo un hombre es llevado hasta la plataforma, escoltado por dos guardias de la ciudad. El hombre va esposado de manos y pies pero camina con porte noble, sin dignarse si quiera a mirar a la multitud.
 
El hombre de la capa se tapa aún más la cara y se gira para marcharse, encorvándose para no ser visto. Un pregonero desenrolla un pergamino sobre la plataforma y empieza a leer, pero el hombre no presta atención, decidido a escapar del patio La voz del pregonero se torna más fuerte e intensa mientras lee, y la voz de la gente empieza a enfatizar sus frases. La frecuencia de los abucheos y los gritos va en aumento y, con cada uno de ellos, el hombre de la capa se estremece y deja caer los hombros. Se separa de la multitud y llega al límite del patio cuando el pregonero llega al final de su proclamación. La multitud se calla de nuevo, excepto por algún grito ocasional. El hombre se gira a mirar hacia la plataforma y ve a su padre arrodillado ante el patíbulo, con el cuello a la vista.
 
El ejecutor se coloca en posición y levanta el hacha para atacar. El hombre se gira de repente, incapaz de mirar. Se escucha un ruido húmedo y sordo, y el público se vuelve loco entre vítores y aplausos. Se apoya en la pared, recupera la compostura y se yergue. Con evidente resolución se marcha, dejando atrás a la multitud y su legado.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo de aventureros rodeado de una multitud de agresores xaurips. Este hombre está con ellos y parece no preocuparle la batalla, incluso se desentiende mientras está en medio de sus camaradas, cantando y con una expresión casi de euforia. Tiene la voz profunda y potente que resuena entre los combatientes como contrapunto al caos del combate.
 
Con cada frase, cambia el campo de batalla. Sus aliados brillan con una luz azul intermitente que paraliza a los xaurips que tienen alrededor. Una abrasadora pira estalla desde el suelo, provocando cortes y quemaduras a las criaturas y lanzándolas por los aires. De repente, uno de los xaurips caídos explota y tres larvas gigantes emergen de su cuerpo y atacan al resto de enemigos.
 
El hombre continúa cantando, fascinado por la alegría del momento. Por fin, ya solo queda una criatura. Sus aliados se quedan atrás mientras el hombre se acerca a ella, todavía cantando. Saca su martillo y arremete contra el xaurip. Su estrofa termina cuando el martillo le golpea la cabeza; el hechizo culmina y pone fin a su canción.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una llave que gira suave y firmemente; escuchas un clic fantasmagórico y la puerta se abre hacia dentro. Aparecen dos figuras que cierran la puerta tras de sí y comienzan su ronda. Su búsqueda es eficiente y tardan poco en conseguir una colección de documentos y bolsas de terciopelo de una forma extraña. Las raudas manos llenan rápidamente los bolsillos, mochilas y bolsas. 
 
La puerta se abre en el piso de abajo y todo se paraliza. Pasos. Una risa cansada. Los ladrones tienen la mirada en blanco y la respiración entrecortada mientras se vacían los bolsillos de todo lo innecesario, sustituyendo rápidamente todo lo que hace ruido. Silencio en el piso de abajo y, después, unas pisadas vacilantes por la escalera. Una voz llama. Un ladrón avanza sigilosamente y el otro le indica con gestos que debe regresar. Continúa avanzando, agachado junto a la barandilla. Ve un zapato de vivos colores y lo empuja. La mujer cae con un grito entrecortado y rueda sin vida hasta el piso de abajo. 
 
El segundo ladrón blasfema, agarra a su hermano y emprenden la huida, recogiendo todos los objetos de valor que encuentran a su paso.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una banda de elfos caminando con cautela entre la maleza, asiendo sus armas y mirando fijamente al suelo. Se desplazan en silencio, con premura, un equipo diestro en el arte de la caza. Un golpe sordo en la distancia hace huir hacia el cielo bandadas de pájaros; el equipo cambia de ruta y se dirige hacia el origen del sonido. En cabeza, un arquero nervioso explora la situación; está tan alerta que incluso tiembla. Salta sobre una raíz desenterrada y alza una mano, el grupo se detiene y busca cubierto tras los viejos troncos nudosos. 
 
Hay un momento de quietud, tras lo cual el bosque entero se levanta para saludarlos. La criatura es enorme: dos veces más grande que cualquier elfo, y sus interminables brazos de enredadera se lanzan contra sus agresores, arrancando tobillos, brazos y piernas. Un elfo cae y es lanzado contra uno de los árboles, provocando un crujido desgarrador. Otro resbala, salta para evitar las enredaderas de serpiente y, antes de que pueda reaccionar, es atrapado por la cintura. El aire se cubre de flechas ya que el arquero líder se lanza al ataque para que sus compañeros tengan tiempo de recuperarse. Se escucha un aullido sobrenatural al tiempo que un estoque rebana un brazo de la criatura y la incapacita al instante. El arquero se arriesga y cambia de flechas, incendiando las astas húmedas con un potente fuego azul. La monstruosa masa de parras chilla mientras las llamas hacen estragos, azotando todo lo que encuentran a su paso. Hay dos elfos inconscientes en el suelo y otro muerto con una gigantesca hendidura en el cráneo. 
 
La criatura cae, por fin, pero no hay vítores ni celebraciones. Desolado, el grupo recoge a sus muertos y a sus heridos.</DefaultText>
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      <DefaultText>Lo escuchas antes de verlo. Un grito se abre camino por el aire cuando cae al suelo un ser que en su día fue una mujer, transformada en un montón de sangre y hueso. Otra cae a la derecha, paralizada por una fuerza que escapa a su control, y se parte por la mitad por el efecto de una mágica espada. Encima, dos cuerpos quedan atrapados en una red, envueltos en un capullo. Sirven de alimento para un grupo de arañas gigantes que se sacian con la matanza. Debajo, un hombre paralizado por el pánico y la pena, no es consciente de la araña que desciende en silencio por una gruesa membrana. Le empuja de costado otro hombre justo a tiempo para derribarlo y apartarlo del peligro, pero este acaba cayendo presa de la araña. La araña lo atrapa y le clava dos colmillos del tamaño de los cuernos de un toro, desencadenando un terrible aullido.
 
Otro hombre ríe, tejiendo sus hechizos en una noche plagada de muerte y traición.  
 
El último hombre, el que fue salvado, echa a correr. La garganta le arde de tanto gritar y aprieta los ojos inundados por el pánico y las lágrimas. Mira por encima del hombro y la mirada se posa en el torso de una mujer, irreconocible en la muerte, que lleva en el dedo un anillo idéntico al suyo. Después, se gira hacia la salida y no vuelve a mirar atrás.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una multitud recorriendo un camino estrecho que atraviesa una ciudad. Están abucheando y burlándose de una mujer que camina delante de ellos con la espalda rígida. Algunos le lanzan fruta y rocas pequeñas, otros le gritan epítetos. Camina con los brazos caídos, inmóviles. Parece totalmente ajena a la realidad, pues su rostro no transmite emoción alguna. Pero las manos, apretadas como puños y blancas como la leche, la delatan.
 
Sus acosadores la siguen a través de un pequeño mercado, hacia el límite de la ciudad. Su rostro no pierde esa expresión impertérrita, incluso cuando los abucheos se tornan más agresivos e iracundos. Llegan al límite de la ciudad y un hombre se separa de la multitud; lleva un pergamino grande en la mano. Silencia a la gente y le pide a la mujer que lo mire. Ella lo hace, se gira lentamente y mira fijamente a todo el que osa sostener su mirada.
 
El hombre desenrolla el pergamino y lo lee en voz alta para que todos lo oigan. Da detalles de sus transgresiones, habla de los problemas que ha provocado en el pueblo y la reprende por las personas a las que ha dañado. Después, le pregunta si quiere añadir algo antes de desaparecer para siempre. Ella lo mira con el rostro paralizado, sin pestañear. Después, sin mediar palabra, se gira y camina, dejando el pueblo atrás.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un muchacho pelirrojo, ya casi un hombre, siguiendo los pasos de una pantera y portando en la mano una daga curva bastante horrenda. La pantera camina ágilmente y salta de roca en roca, despreocupada por el peligro que la acecha. Salta sobre un árbol, se gira y observa con sus diminutos ojos verdes al chaval, y juras que, si pudiera, estaría riendo. Un destello de pelaje negro: la pantera desaparece y el chico empieza a maldecir, consumido por la duda. 
 
El muchacho prosigue, camina durante días en busca de algo que nunca parece encontrar. Solo duerme pequeñas siestas, unas pocas horas para luego retomar la marcha agotado y hambriento. Pasa otro día y mata un conejo, que parece entrar en trance con sus enormes ojos marrones mientras el chaval le raja el cuello de oreja a oreja y se lo come crudo. Hace un gesto de disgusto mientras engulle la carne tirante, y la sangre coagulada le gotea por la barbilla. 
 
Cubierto de sangre seca y vencido por la fatiga, se queda dormido debajo de una roca, decidido a continuar su búsqueda en cuanto despierte. No tiene que esperar mucho: un olisqueo entre unos matorrales  le hace abrir los ojos y llevar la mano a su espada. El gran oso negro, que triplica su tamaño, lo examina y sigue buscando alimento. El chaval agarra su daga con tanta presión que sus puños se vuelven blancos. Le falta el aliento de tan nervioso que está. 
 
Tarda casi un día entero en conseguirlo, tras lo cual se derrumba con el brazo colgando por un lateral. Llama con una voz ronca y débil. Tres hombres salen de detrás de la roca henchidos de orgullo. El joven, que ya no es ningún niño, empieza a despellejar al oso con su ayuda.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a esta mujer que está mirando el cuerpo de un hombre tumbado en el suelo. Tiene el rostro inexpresivo y el cuerpo lánguido. Hunde la cabeza hacia delante, cierra los ojos y se derrumba sobre sus rodillas. Cuando cae al suelo, abre la mano derecha y de su mano cae una sartén de hierro que aterriza sobre la pierna del finado y rueda hasta el charco de sangre que brota de su rostro irreconocible.
 
La mujer empieza a temblar y a agitarse con aparente risa salvaje. Los hombros se estremecen y se lleva las manos a la cara; no hace ningún ruido aparte del hipo que entrecorta su respiración. De repente, echa la cabeza hacia atrás y llora.
 
La respiración se le acelera, cada vez más rápido, hasta que deja de respirar completamente y levanta la cabeza. Mira a su alrededor con la mirada desesperada; sigue aguantando la respiración. Se levanta y gira, echa a correr a la siguiente estancia y lanza otro grito que expulsa el aire de sus pulmones. El chillido se encoge hasta no ser más que un gemido, marcado por el ritmo de una palabra repetida: "¡No!" Se acerca a los tres cuerpos que hay en el rincón, un hombre y dos niños que no parecen tener más de seis años. Cae sobre ellos, los abraza y llora. No emite otro sonido aparte de repetir la palabra "no", hasta que cae inconsciente, asiendo aún la mano del hombre.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una mujer vestida con sus mejores galas. Sus ojos destellan mientras interroga a un desgraciado que está en el suelo, temblando. Le mete la mano en el bolsillo, agarra una dirección y lanza una sonrisa forzada. Momentos después, la mujer está en un callejón embarrado. Avanza con el paso acelerado. Sus trenzas doblan una esquina; les está pisando los talones... o tal vez son ellos los que la están alcanzando. La acción no dura, ya que despacha fácilmente a un hombre tras otro, estudiando su rostro, su ropa, pidiendo a gritos algo que no logra encontrar. Frustrada, sigue avanzando, pero no lo bastante rápido, ya que un orlano la ataca por detrás; el sello que lleva en el dedo desprende un brillo de maldad. Los ojos de la mujer se encienden al verlo mientras se retuerce para esquivar sus golpes, la mirada le arde... Quizá, después de todo, el viaje no haya sido en vano.
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      <DefaultText>Ves una estancia envuelta en una tiniebla densa y sofocante. En el centro de la sala hay un estrado con una especie de símbolo escrito en la piedra. Hay seis plataformas pequeñas formando un círculo alrededor del estrado a un metro y medio de distancia entre sí, y en cada una de ellas hay una pequeña runa. Hay un hombre en pie fuera del círculo doblegado cerca de la base de una de las plataformas. Con un cuchillo pequeño está rascando un poco la pintura que se utilizó para pintar el símbolo.
 
Se levanta, camina al estrado y repite este asalto en el símbolo que hay pintado. Mira a su alrededor y detiene la mirada en unos polvos que hay dentro de un cuenco decorado en exceso. Mete la mano en su túnica, saca un puñado de algo que parece polvo y lo echa en el cuenco. Coge un cetro ornamental y mezcla el polvo con el contenido del cuenco; después limpia el extremo del cetro con la costura de una túnica que hay colgada en la pared.
 
Entra en la habitación el sonido de voces a través de una puerta cerrada situada en el lado opuesto de la estancia. El hombre echa un último vistazo alrededor y se desplaza rápidamente hacia otra salida; sale cuando cuando se abre la otra puerta y entran unos hombres con túnicas, preparados para el ritual. Se oculta entre las sombras y observa a través de las cortinas.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre agachado, subrepticio y solo. Unos matorrales silvestres lo ocultan de la visión que tiene ante sí. Tiene la mirada fija en una delemgana hermosa y terrible que tararea con los ojos medio cerrados. Un pájaro de un precioso plumaje azul y naranja reposa sobre su hombro trinando gentilmente, y el hombre está embelesado. Se levanta temblando, incierto, y la tranquilidad se rompe cuando el pájaro empieza a graznar. La delemgana lanza una media sonrisa haciendo señas con sus afilados dedos. 
 
Ella no habla cuando él se acerca haciendo sonidos de admiración y asombro. Ella espera, tímida y tentadora y, con una lentitud agonizante, él llega hasta ella. Después, algo cambia. Ve algo que cuelga a su lado y que empieza a sisear; de repente, los dedos se le agarrotan y tiene la mirada negra de odio. No tiene tiempo para coger el hacha o el grimorio al tiempo que ella ataca... y en cuanto lo ataca desaparece, dejando como única evidencia de su presencia la tierra quebrantada y temblorosa. A pesar de todo, él coge el grimorio y empieza a entonar un cántico, pero las palabras, palabras de un idioma mágico producto de su imaginación y garabateadas con una escritura maníaca, suenan huecas, y el silencio continúa. Se gira y se encoge de hombros ante algo o alguien pero, si hay algo ahí, tú no lo ves.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre de pie junto a un muelle. Marineros, soldados y prostitutas se reúnen a su alrededor, pero él está mirando el barco que desaparece por el horizonte.
 
Debería alegrarse de que sus hombres no le hayan arrebatado la vida además del barco pero, para un vailiano, el fracaso es casi tan terrible como la muerte. Y solo los dioses saben que no le había ido demasiado bien en el negocio mercantil de su familia.
 
Casi es un alivio ver cómo desaparece a lo lejos el último heraldo de su fracaso, ahorrándole la necesidad de volver a ver a su padre y volver a admitir una derrota. Además, con su ingenio y su instinto para las oportunidades, siempre podría recuperarse. 
 
Se saca una frasca de la cadera y da un trago largo. Ya habrá tiempo para todo eso. Se ajusta la solapa del parche del ojo y encuentra la torre del burdel. Prepara, sonriendo, una nueva ruta para la tarde.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una elfa con una complexión incolora, prácticamente invisible  entre la nieve que cae. Está envuelta en un pelaje blanco y tiene la mirada tensa, los ojos entreabiertos. Se desplaza rápidamente, sus botas apenas dejan huella en la nieve. Se escucha un aullido seguido de otro, y otro más, y lanza una plegaria al viento mientras empieza a correr. Los lobos ganan terreno rápidamente, avanzando sin esfuerzo hacia ella. Busca torpemente en su libro de hechizos, pero está enganchado en bucles de cuero sobre su espalda. 
 
Maldice y cambia de ruta hacia un saliente de hielo. Ahora los escucha, y el aliento cálido crepita al chocar con el aire gélido. Respira agitadamente, trata de correr más rápido y la nariz se le encoge por el sudor que le cae por el rostro, frío y húmedo. Lanza un grito de alivio cuando llega al hielo... y desaparece. Cae en la pequeña abertura con un golpe ahogado y aguanta la respiración mientras los lobos intentan seguirle la pista por arriba, confundidos, entre la nieva. Tiembla sin control por el frío o por el miedo, y trata de esperar.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una estancia en penumbra con una decoración extravagante. Cojines con brocados en seda cubren el suelo alrededor de un gran diván de terciopelo. Hay un hombre sentando en el diván con la camisa fuera de los pantalones y medio desabrochada. Detrás de él está esta elfa vestida con la misma elegancia que la sala.
 
Sus labios giran suavemente, bailando lentamente alrededor del hombre mientras empieza a cantar. La mira, adormilado, con la visión nublada por la embriaguez. Sonríe y se une a su música con un tarareo desafinado. Ella canta muy bajo y apenas se escuchan las palabras pero, a medida que el canto va ganando intensidad, las luces de la estancia parecen atenuarse aún más y todo va perdiendo enfoque. Le coge el rostro con las manos y le canta directamente a él, acariciándole los hombros y los brazos hasta que, finalmente, le coge las manos.
 
El hombre tiene la mirada pesada, por lo que se queda dormido rápidamente y se desploma hacia atrás. Ella le sujeta los brazos, lo recoge al caer y lo tumba con cuidado sobre el diván. Deja de cantar cuando el hombre apoya la cabeza en la almohada. De repente, las luces vuelven a brillar y todo deja de estar borroso. La mujer le mete la mano en la chaqueta, saca un objeto y lo mete en una pequeña caja que hay sobre una mesa cercana. Vuelve a mirar al hombre, menea la cabeza y escapa en medio de la noche.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre caminando a trompicones porque lleva un uniforme con el que no se siente familiarizado. Se levanta, vacilante, y continúa por el camino vacío. Tiene los labios secos y cortados, la piel rebozada en polvo, pero hay algo en su mandíbula que te dice que todavía le queda mucho camino por recorrer. Cuando la noche tiñe el cielo se detiene y lanza un susurro de fuego con la ayuda de unas ramas. Intenta dormir mientras mira las estrellas.
 
Continúa así varios días, y solo se detiene en ocasiones para beber agua de una botella de cuero de cabra. Tarda días en llegar al templo y, cuando lo hace, las rodillas le fallan y cae rendido al suelo. Los monjes lo recogen y él comparte sus noticias, irrelevantes para cualquiera que no sea él. Cuando se recupera emprende de nuevo el camino con fuerzas renovadas por la comida y el descanso, y con la mente clara por la meditación y el propósito. Le queda un largo camino por recorrer.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un pequeño grupo de gente reunido cerca de la entrada del templo El hombre está de pie contra la pared y la multitud forma un semicírculo a su alrededor. Habla con un tono pausado y comedido y su voz, relajante, trae consigo los sonidos de la ciudad de alrededor. Habla del mundo, de historia, de los dioses y de religión. Habla de cocina, de destilación y del cuidado de los hijos; cuenta historias. No parece haber nada de lo que no sepa.
 
La gente le hace preguntas y él las responde por turnos, a veces con gran nivel de detalle y a veces con una respuesta general. Independientemente de lo que diga, todas las respuesta parecen dar en el clavo de la pregunta, pues todos están satisfechos con lo aprendido.
 
La gente va y viene, a veces hay más espectadores y a veces menos, pero el grupo nunca se disuelve. Pasan las horas pero no parece cansarse de compartir sus conocimientos con cualquiera que pueda beneficiarse de ellos. A medida que la luz del día va menguando, el grupo va decreciendo y, finalmente, pone fin a la reunión. Mientras recoge sus pertenencias y se prepara para marcharse, se le acerca un hombre y le pregunta por qué hace estas cosas. No pide dinero a cambio, ni comida. ¿Qué beneficio saca de sus actos? Mira al hombre, inmerso en sus pensamientos y, simplemente, le dice "El conocimiento crea sabiduría. Esa es mi fe".</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una estancia brillante, cálida y cubierta de verdor. No hay ni un lugar de toda la sala donde no crezca una planta. Unas semillas germinadas por aquí, una enredadera subiendo por allá... Aunque la mayoría de las plantas están en algún tipo de maceta, algunas han crecido directamente entre la mugre del suelo. Estas plantas están tan cuidadas como todas las de la estancia.
 
Un hombre camina entre las plantas y les sonríe a cada una de ellas con su viaje pipa entre los dientes. Se detiene junto a una, toca una hoja y la levanta para observarla por debajo. Después, la frota suavemente con los dedos. Coge un puñado de la tierra que la alimenta y la aplasta entre sus dedos. Satisfecho, vuelve a dejar la tierra en la maceta y pasa a la siguiente planta.
 
Tatarea una melodía alegre mientras va recorriendo las plantas, y en ocasiones se detiene para entonarle unas notas a una de ellas. Por fin, llega a la puerta tras haber visitado todas las plantas de la estancia. Se da la vuelta para mirarlas de nuevo con una serena mirada de placer. Después, se da la vuelta y se marcha.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una sala oscura con una decoración llamativa: una cama grande cubierta de cojines, varios sofás y alfombras caras. Hay un hombre sentado en una silla, apoyado contra la pared frente a la puerta. Lleva ropa oscura y una capa negra alrededor de los hombros, con la capucha sobre la cabeza. Las sombras se ciernen sobre él y la oscuridad lo hace prácticamente invisible. Hay otros dos hombres esperando con él en la oscuridad y vigilando la puerta. Los tres permanecen inmóviles. El ruido de la gente que se encuentra en la estancia inferior atraviesa el suelo.
 
El pomo cruje. Un hombre entra tambaleándose y arrastrando a una joven. Los dos hombres que se encuentran de pie intercambian miradas; uno de ellos inclina la cabeza y se encoge de hombros antes de iniciar su cometido. Uno da un paso adelante, agarra a la chica por la cintura y la suelta de las manos de su escolta con una mano mientras cierra la puerta con la otra. Después, coloca esa misma mano sobre la boca de la chica antes de que siquiera pueda darse cuenta de que está en manos de otra persona. Se saca una daga del cinturón y se la pone en el cuello. La sujeta firmemente y espera a que deje de resistirse.
 
El otro hombre que estaba de pie ya ha dominado su objetivo, que está en una silla, atado de pies y manos y amordazado. Colocan a la chica, que ya no se mueve, debajo de la cama, El hombre que la estaba asiendo antes ocupa su lugar junto al otro. Miran fijamente al hombre, que grita a pesar de la mordaza, pero los sonidos amortiguados no se escuchan por el estruendo de abajo. Uno de los hombres empieza a murmurar suavemente y le pone la mano debajo de la mejilla al hombre de la silla. Hay un breve destello de luz; el hombre deja de resistirse y, de repente, su mirada adquiere una expresión plácida. Los dos captores hacen varias preguntas que el hombre amarrado responde encantado. Cuando terminan, los dos miran al hombre apoyado en la pared. No se ha movido ante los eventos que acaba de presenciar; se ha limitado a quedarse sentado, observando en silencio todo lo que sucedía. Se levanta, envuelto en su capa, y asiente ante los dos hombres. Después camina hasta la puerta, la abre lo necesario para poder pasar y los deja que terminen su cometido.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una mujer balanceándose; su voz flota gloriosa sobre la corte, animosa y dulce. Gira a su alrededor y ellos sonríen, embelesados, mientras ella se apropia de su corazón, uno a uno. Empieza a bailar, pero hay algo diferente en sus pasos. Se detiene, confundida, mientras un extraño sonido invade el aire. Compitiendo, resistiendo. Tarda un momento en localizarlo, un hombre pequeño, unicejo, entonando cánticos y alterando la melodía con su encantamiento en staccato. Ella intensifica la danza ensanchando el balanceo de sus caderas. Sus pies titilan sobre el suelo de baldosas cuadradas, haciendo que el cántico de trasfondo de su propia canción resulte más persuasivo.
 
Sus labios se retuercen, vibrando con el esfuerzo de contrarrestar el encanto de la mujer. Y entonces, una nota, clara como el cristal, brillante y tintineante. Él empieza a sonreír aturdido mientras su canto continúa, y se olvida de su intento por resistir.  Hoy se lo ha ganado, y a la corte.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una figura vestida de negro, que se desplaza inclinada y despacio a través de un campo. La figura lleva en la mano una espada reluciente escondida tras su espalda. Se acerca a otro hombre que está agachado bajo un gran arbusto que oculta sus actos. La figura deja de moverse y el hombre sale de debajo del arbusto. Ves a este hombre, que lleva un puñado de bayas que ha cogido de un arbusto más pequeño oculto entre la maleza de alrededor. Vuelve a escabullirse debajo del arbusto grande y mueve los brazos de nuevo mientras recoge más bayas.
 
La figura empieza a moverse de nuevo furtivamente hacia el hombre. No deja de recolectar, pero ves que inclina ligeramente la cabeza hacia un lado. Sigue trabajado en el arbusto hasta que tiene a la figura prácticamente encima. Retrocede con las manos llenas y deja las bayas en la cesta. Después, se agacha junto a la cesta y quita las hojas y las bayas que no están perfectas.
 
La figura se coloca detrás del hombre y levanta la espada para atacar. De repente, el hombre se alza sobre sus pies y se gira hacia la figura que tiene detrás. La agarra de la muñeca y cae sobre su espalda, colocando una pierna sobre el pecho de la figura. La figura sale volando y aterriza sobre el polvo. En un instante, el hombre se encuentra a horcajadas sobre la figura y la golpea con la mano en la cabeza y el cuello. La figura pierde el conocimiento al instante. El hombre se levanta, coge la cesta, recoge las bayas y vuelve a dejarlas en su sitio. Después, retoma la recolección.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un fuego sin vigilar que arde lentamente a un lado de un camino sinuoso. No parece haber combustible, ni madera, ni aceite, ni heno ni ramas. A pesar de esto el fuego ruge, chisporrotea y silba entre el viento. Tardas un momento en percatarte de que hay una figura en las llamas. Con las manos temblorosas sujeta un rostro joven, y unas lágrimas rojas tiñen la piel de color carbón. El muchacho se encoge de miedo mientras la llama lo cubre, y aprieta su pecho con las rodillas. 
 
En la distancia, se acerca un hombre sin rostro. Extiende la mano hacia el niño asustado, que se lo piensa bien antes de tomarla. Las llamas van muriendo, abandonando sus extremidades y asentándose sobre su cabeza como mascotas obedientes. Tras secarse todas las lágrimas, caminan juntos, fuego y muerte, mano a mano.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un bosque frondoso, tranquilo y oscuro en la penumbra del alba. Esta mujer camina entre los árboles con una mirada cautiva en el rostro. No parece tener ningún destino específico mientras camina lentamente entre los troncos gigantescos, mirando hacia arriba entre las ramas y, ocasionalmente, haciendo un suave sonido de trinos. Cuando otro trino le responde entre la tranquilidad de la mañana, se gira para tomar esa dirección sin preocuparse por perder el rumbo.
 
Un fuerte chasquido metálico seguido de un aullido rápido atraviesa el aire y ella lo mira, centrándose en la dirección de donde proviene el sonido. Se mueve hacia él, a punto de correr. De repente, parece darse cuenta de que conviene andarse con cautela y se paraliza y mira hacia abajo: sus pies están sobre una placa de presión de una trampa muy bien escondida. Se inclina hacia atrás y, con cuitado, retira el pie y lo posa en el suelo junto a la trampa. Mira a su alrededor, sus facciones nubladas por la ira. Coge una rama para hacer presión sobre la placa y desactiva la trampa. Cuando se dispara escucha otro aullido, esta vez mucho más cerca. Avanza cuidadosamente hacia el animal atrapado, examinando bien el suelo por si hubiera más trampas.
 
Lo observa detenidamente por detrás de uno de los árboles: se trata de un lobo grande pero escuálido por la malnutrición, y tiene la pata trasera derecha atrapada en los dientes oxidados del metal. La mira y lanza un gruñido ahogado. Se le eriza el pelo y ella se detiene un momento para que él pueda olisquearla. Desciende un poco para acercarse más y alarga la mano, con la palma hacia abajo frente a ella. "¡Qué bonito eres!" Se acerca lentamente hacia el lobo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo de gente de pie en medio de un claro y rodeados de varios cuerpos inmóviles. En el suelo, en medio del grupo, hay una pequeña figura acurrucada para protegerse de las patadas de la gente de alrededor. Esta mujer está allí, separada del grupo y blandiendo una espada gigantesca. Se inclina sobre la espada y la usa como si fuera una muleta, encorvada y respirando con dificultad.
 
Se queda mirando a la gente y emite un gruñido, irguiéndose y levantando la espada del suelo. Respira profundamente, se prepara para correr y, rápidamente, acorta la distancia que la separaba del grupo. De repente, un aullido sangriento y escalofriante explota de su boca. El grupo se queda paralizado en medio de las patadas y mira aterrorizados a esa mujer, grande como un toro, que carga contra ellos. Salta en el último segundo, se dobla ligeramente, se transforma en un proyectil y vuela ente la gente que está asaltando a la figura del centro. Cuando los embiste por el aire, todos caen derribados. Aterriza en el suelo, rueda, vuelve a saltar y se gira para mirarlos. Se planta con ambos pies y levanta la espada mientras estudia el terreno. De repente, gira sobre su talón, balancea la espada con una gracia salvaje y derriba al agresor más cercano. Se deja llevar por el impulso del giro y levanta la espada con el filo hacia un lado, impactando en la cabeza de un enemigo en potencia. La parte de abajo de la empuñadura se le rompe contra la sien y se derrumba bajo los pies de su agresora.
 
Levanta la mirada con los ojos llenos de ira, desafiando a dos hombres para que se acerquen. Los hombres se miran de reojo, giran y echan a correr. Uno mira brevemente hacia atrás para asegurarse de que no lo está siguiendo. Lentamente, empieza a echar el aliento que estaba conteniendo y camina para ayudar a la figura, que sigue acurrucada en el suelo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre con los ojos ocultos tras unos apéndices en forma de cuerno y la cara rota de desesperación. Su ritmo frenético distrae a otro hombre, que lanza una maldición e inicia de nuevo su cántico Sobre la mesa de abajo hay un cuerpo de mujer con la piel blanca y flácida, el pecho perforado y el estómago hinchado. La vida abandonó su cuerpo hace ya varios días, pero el hombre canta sobre sus restos, lanzando varios extraños hechizos, hasta que el sudor le cae de las pestañas y sobre la barbilla. 
 
Por un momento, se abre el cascarón de sus ojos, fríos y vacíos. Los andares cesan. Su cuerpo vuelve a caer sobre la mesa con un crujido, inerte, y el hombre destrozado llora lágrimas negras de su rostro deforme. 
 
Los hombres se marchan. Pasa el tiempo. El cuerpo grita hasta el amanecer.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo de figuras con túnica sentadas junto a un fuego. Esta mujer, mucho más joven y pequeña, está sentada con ellas. Están hablando de viajes y haciendo planes, decidiendo qué camino les llevará más rápido a su destino. Un crujido llama la atención de varios miembros del grupo y se levantan para mirar por encima del fuego tratando de agudizar la vista en la oscuridad.
 
Una enorme figura sombría se abre camino en el campamento y, lentamente, la luz del fuego va desvelando su identidad. Muchos miembros del grupo se levantan y preparan sus armas. Otros invocan a su dios en silencio y preparan hechizos para el combate. La chica mira a su alrededor, confundida, cuando se levanta el hombre que tiene al lado extendiendo los brazos. Reprende a los otros miembros del grupo por no ser hospitalarios con un extraño. El hombre camina hacia el ogro con la mano extendida y le da la bienvenida en su lengua.
 
Por un momento, el ogro se queda mirando fijamente al hombre. Después, con una rigidez nada habitual para un ser de su tamaño, agita el palo que arrastraba tras de sí. Aterriza en la cabeza del hombre emitiendo un sonido húmedo y aplastante. La mujer que está a la derecha de la chica grita y va corriendo junto al hombre, que cae al suelo cuando la mujer todavía no ha llegado hasta él. Desde la oscuridad que envuelve al grupo, unos gritos aterradores y espeluznantes responden a los chillidos de los miembros del campamento, mientras otras figuras se van acercando desde las tinieblas.</DefaultText>
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      <ID>50</ID>
      <DefaultText>Ves una estancia oscura. El ruido se filtra por una puerta cercana. El sonido de la batalla (peleas, metal sobre metal) sube y baja mientras el combate hace estragos en el exterior. Se escucha un rugido de ira y un xaurip entra en la sala. Lleva un libro aferrado a su pecho. Mira alrededor frenéticamente, buscando algo. Se dirige a toda prisa al extremo opuesto de la estancia y abre una caja que hay sobre una mesa improvisada. Coloca el libro en la caja, la cierra y después se inclina para empujar la caja debajo de la mesa.
 
Una piedra pequeña alcanza la coronilla del xaurip y lo empuja ligeramente hacia delante. La piedra rebota en el suelo y da unos rebotes hasta ir a parar al pie del xaurip. Se queda paralizado, con los ojos como planos y las manos todavía sobre la caja. Cuando se detienen los golpecitos de la piedra, el silencio vuelve a invadir la estancia. La batalla de fuera ha terminado. Gira sobre sí mismo y ve a una mujer junto a la puerta, apoyada sobre una espada a dos manos de aspecto salvaje.
 
"Ese libro contiene las respuestas que necesito" lo increpa y avanza hacia él. Sisea y se acerca a ella rápidamente. Unos segundos después, ella está cogiendo la piedra del suelo después de separar la cabeza del cuello de su víctima con un ligero movimiento de espada. Sonríe, besa la piedra, se la mete en una bolsa que lleva en el cinturón y le da unas palmaditas de afecto. Se inclina, saca la caja de debajo de la mesa y la abre, entusiasmada con su descubrimiento.</DefaultText>
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      <DefaultText>Al principio, como la oscuridad te nubla la visión, no eres capaz de ver nada. El polvo de toda una eternidad te infesta la nariz. Escuchas un golpe y se enciende una antorcha, que te permite ver a un hombre sin rostro y una biblioteca de libros entre los destellos naranjas. Llega hasta el estante más cercano, coloca la antorcha en un agujero y, con manos temblorosas, saca cuidadosamente un tomo encuadernado en negro. Lo ojea con cariño, acariciando cada página antes de pasar a la siguiente. Cuando llega al final, mete el libro en una bolsa y coge la antorcha. 
 
Se pasa horas merodeando, leyendo, recogiendo, hasta que la bolsa pesa la mitad que él y abulta tanto como él, y emprende el camino de vuelta hacia la entrada. Con un suspiro apenas audible, cierra dos puertas podridas y se apaga la antorcha.</DefaultText>
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      <DefaultText>Mientras el hombre se prepara para saltar, se entrevé una cicatriz recortada y desfiguradora antes de que se cubra con una capucha. De ventana en ventana, escalando un enrejado con sus suaves manos enguantadas, se desplaza rápidamente por los pisos más altos de una ciudad indiferente. La tarde se presenta letárgica, vacía; rápidamente, alcanza tres objetivos: un pergamino oculto en el armario de una noble, una botella de vino tinto oscuro de una bodega ennegrecida y dilapidada, y una bolsa de monedas de un joven elfo colocado y excesivamente deteriorado. Se compra la cena en una posada excesivamente naranja y frotada hasta la saciedad, y traga vino mientras come, pero sin perder de vista la puerta. Apenas ha terminado cuando la puerta se cierra tras un elfo blanco y resentido, que llega con los ojos rojos y exigiendo respuestas. Sin inmutarse, la besa en la mejilla metiéndole discretamente el pergamino en el bolsillo, antes de retomar su comida, mucho más copiosa gracias al oro que lleva en la mano.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre predicando; su voz se escucha sobre una pequeña multitud de acólitos entusiasmados. Habla de la tolerancia y la autosuficiencia; del dolor y la belleza. La multitud asiente, sus rostros transparentes están claramente de acuerdo, y el predicador frunce el ceño. Continúa hablando de la importancia de la ira, la fuerza del odio y la frustración. A medida que los ve asentir, cautivados, va frunciendo más el ceño. Llama a uno de ellos, a un anciano. No hay peligro, dice el predicador, no le va a hacer daño alguno. Sonriendo, el hombre avanza hacia el abrazo del predicador. Un escalofrío recorre su cuerpo y se aleja con un delgado estilete clavado en el pecho. Cae al suelo y, enseguida, deja de respirar. 
 
La multitud gruñe confundida. La cara del predicador está presa de la ira. No confiéis nunca a ciegas, les dice. No deis nada por sentado: cosas terribles acechan, y debéis estar preparados antes de ver la verdad. 
 
La multitud se va disolviendo, el cuerpo es retirado y el predicador deja de hablar. Quedan unos pocos que siguen escuchándole, y les sonríe.
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      <DefaultText>Ves un mercado muy concurrido con puestos alineados a los lados. Se escuchan las voces de los vendedores llamando a los transeúntes para que prueben sus productos. Esta mujer camina entre la multitud de la mano de otra mujer. Observan detenidamente las mercancías, se detienen en un vendedor de libros con varios tomos antiguos y hermosos, comentando entre ellas lo que ven. Una levanta un libro y se lo enseña a la otra, que lo coge, lo comenta y lo vuelve a colocar en la estantería. Entonces, la primera vuelve a coger el libro y, rápidamente, le paga al comerciante antes de que la otra pueda dejarlo de nuevo. Se alejan del mercado cargadas de libros; siguen cogidas de la mano, muy cerca la una de la otra, cómodas con su compañía.
 
Cuando pasan una calle desierta un objeto golpea, de repente, a esta mujer en el pecho y rebota, rodando hacia uno de los edificios. La mujer se detiene y mira el objeto, una manzana, y después a la persona que la ha arrojado. No tiene nada de especial, aparte de una mirada iracunda y de que lleva dos manzanas más. Antes de que ninguna de las mujeres pueda moverse, el hombre saca otra manzana y se la lanza; esta vez le da en la frente a la segunda mujer. Les grita algo burlón e hiriente, algo sobre un Legado y sobre “responsabilidades.” La mujer levanta la cabeza y se limpia el jugo y los trozos de fruta de la cara, y se queda mirando al hombre con una actitud desafiante. La primera mujer le aprieta la mano y coloca la otra sobre el hombro de su compañera tratando de calmarla. La otra mujer saca un libro de su bolsa y lo coloca ante sí, susurrando algo por lo bajo. Se suelta la mano, hace un gesto sobre el libro y se forma un aura a su alrededor. La primera mujer aún está intentando calmarla, pero no parece escucharla. El hombre, indiferente a lo que está sucediendo, lanza la tercera manzana. La manzana vuela hacia ellas formando un arco, y la segunda mujer levanta la mano y apunta hacia la fruta. Una esfera brillante de energía sale de su mano, impacta contra la manzana, la hace explotar y los trozos de fruta caen como lluvia sobre el camino y los edificios de alrededor.
 
La expresión del hombre cambia, ira combinada con miedo; parece como si estuviera intentando decidir si es más conveniente correr o atacar. La segunda mujer ha empezado de nuevo a entonar sus cánticos con la mano brillando y los ojos entornados. Esta mujer se planta delante de ella y se coloca entre su amor y su agresor. Le toca la cara y la acaricia suavemente, susurrando palabras tranquilizadoras. Un beso. El semblante de la mujer cambia. Se tranquiliza, la mirada se le suaviza y sus labios recuperan la sonrisa perdida. La primera mujer sonríe también y besa a la otra.
 
"Escoria de hechiceras" dice el hombre detrás de ellas, y las dos mujeres se giran y lo miran con aire desafiante. Se dan la mano y empiezan a caminar de nuevo, pasando por su lado sin ni siquiera mirarlo de soslayo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un par de guantes de malla encima de una mesa, entre dos hombres. Los guantes llevan incrustaciones de runas de oro y desprenden una ténue aura azul. Este hombre está de pie a un lado de la mesa y, al otro lado, hay un hombre vestido con una túnica arcana. El hombre saca una pequeña bolsa, se la entrega al hechicero y le dice que lo cuente para asegurarse de que el pago es correcto. El hechicero sonríe, inclina la cabeza hacia el hombre y después vacía sobre su mano el contenido de la bolsa. "Querías que estos guantes estuvieran protegidos de ladrones y otros personajes despreciables", afirma, mientras vuelve a meter las monedas, una a una, en la bolsa. "¡Póntelos y nunca te abandonarán!"
 
Lentamente, el hombre mete las manos en los guantes con cara de satisfacción. Su sonrisa vacila un poco una vez puestos. Los guantes producen un breve destello y después se empieza a oír un suave tintineo. Rápidamente, la mirada de satisfacción se torna en preocupación; coge los guantes e intenta quitárselos de las manos. Estira con los dedos, pero es como si hubieran encogido y las manos se hubieran quedado atrapadas dentro. El metal empieza a penetrar en la piel y se filtran pequeñas gotas de sangre en la superficie de los guantes. El hombre cae de rodillas, luchando con ellos y gritando de dolor. Los guantes se estrechan hasta haber encogido completamente sobre las manos del hombre, y se funden con su piel.
 
El hombre se mira las manos horrorizado y después mira al hechicero, que ha terminado de contar el dinero y está junto a la puerta. "¡Ahora seguro que no los pierdes!" comenta.Sale por la puerta y la cierra de un portazo, dejando al hombre en el suelo con los ojos clavados en los guantes.</DefaultText>
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      <ID>56</ID>
      <DefaultText>Ves un pequeño grupo de gente alrededor de las ruinas de una casa. La destrucción continúa desde esa casa y se extiende por todo el pueblo. No queda ni un edificio en pie y hay escombros por doquier.
 
Uno de los hombres del grupo se inclina hacia algo que hay entre los escombros. Es este hombre, más joven, casi un chaval. El hombre alarga el brazo y agita los hombros del muchacho. El chico no responde ante el movimiento del hombre. El hombre levanta la mirada hacia los demás miembros del grupo y se encoge de hombros, preparado para unirse a sus amigos.
 
De repente el chico se incorpora y abre los ojos como platos. Se revuelve hacia atrás alejándose del grupo, mirando a su alrededor con horror. El grupo avanza hacia él al unísono, haciendo que el chico lance un aullido e intente alejarse aún más. Una mujer del grupo extiende las manos y detiene al resto. Se gira hacia ellos con una actitud de reproche, les indica que se queden y después mira al chaval en el suelo, que está intentando atravesar los restos de un muro. No parece siquiera consciente de que se ha detenido. La mujer avanza lentamente hacia el chico con las manos extendidas y hablando en un tono bajo y pausado. Durante un rato el chico ni siquiera oye nada; se limita a cerrar los ojos y se abraza a la pared esperando violencia. Al final, las palabras de la mujer consiguen atravesar su miedo y la escucha. Abre los ojos, llenos de lágrimas, y se la queda mirando fijamente.
 
Ella le extiende la mano. Él la mira y parece confundido por la oferta pero, al final, extiende su mano con vacilación. Ella toma su mano y se inclina para ayudarlo a levantarse.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un orlano agachado sobre un mapa a medio trazar, repasando con cuidado línea tras línea. Las notas que utiliza huelen a sal y a mar, y los borrones de agua ocultan una serie de ilustraciones y medidas. Termina cada trazo con precisión, lenta y deliberadamente, antes de pasar al siguiente. Todo está en su lugar. Se escucha el repiqueteo de una campana en la distancia y se detiene, cambiando la pluma por una daga. Al abrir la puerta de su tienda, sonríe y atiende a su cliente, un enano entrado en años con la barba manchada de gris. El enano pide unos cuantos artículos, prueba diferentes partes de armadura, un par de brazales, pero nada parece despertar su interés. El enano carraspea y se marcha, con un poco de prisa y más nervioso de lo esperado. El tendero gruñe, baja una ballesta de la pared y cierra la puerta tras de sí. Con el repiqueteo de la campana, el impacto de la ballesta apenas se escucha al detener al ladrón. El tendero camina hasta el hombre herido y, tranquilamente, le registra los bolsillos. Una poción, una bolsa de monedas de plata, varios pergaminos... no le ha ido mal. Pero no lo bastante bien.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una manada de cuervos sobre un camino de tierra que atraviesa un terreno árido. Están siguiendo a este orlano que, lentamente, va recorriendo el camino. A veces saltan, a veces vuelan y planean tras él, pero siempre se quedan detrás. En ocasiones alguno se le posa brevemente en el hombro pero rápidamente retoma el vuelo y se reúne con los suyos.
 
Cuando se acerca a un pueblecito, un cuervo se le posa en el hombro y grazna con gran ímpetu. El orlano sonríe y asiente, como si estuviera de acuerdo. Saca una miguita de pan del bolsillo de su capa y se la da al cuervo, que la coge con el pico y se aleja un poco para degustar su trofeo tranquilamente. Los niños, atraídos por el ruido del cuervo, salen rápidamente para ver quién es el forastero que ha llegado.
 
Cuando tiene suficiente público, el orlano levanta los brazos hacia los lados y, como si hubieran sido amaestrados, los cuervos se posan en sus brazos y manos. Se balancean y graznan casi al unísono, y él se queda quieto tarareando una animada melodía. 
 
Mira a los niños y empieza a contarles cosas peculiares. Les habla de los diferentes graznidos de los cuervos y de su significado. Les explica el orden jerárquico, habla de reyes y reinas cuervos y de los tiempos de su reinado. Pasa un buen rato haciendo esto y, durante ese tiempo, sus brazos soportan el peso de media docena de cuervos.
 
Al final los brazos parecen cansársele, los baja de nuevo y los cuervos emprenden el vuelo; sobrevuelan su cabeza en espiral y después planean en todas direcciones con un tornado de plumas negras que se disipa en la menguante luz del día. Los gritos de júbilo de los chavales resuenan por el camino mientras corren de vuelta a la ciudad. El orlano se queda solo en la carretera viendo cómo sus cuervos desaparecen en la distancia.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un cuerpo sobre un banco y un grupo de magos y curanderos merodeando por la estancia gritando instrucciones y conjuros. Hay un dispositivo cristalino vibrante en la caja torácica del cuerpo que desprende vapor en la estancia enfriada como por arte de magia. Los curanderos cosen la piel mientras un sacerdote murmura cánticos sanadores. Por fin, ya está: El cuerpo vuelve a estar completo. 
 
Los magos se unen para un último conjuro mientras los otros observan; se trata de un ritual complicado que les hace sudar a chorros. El silencio llena la estancia cuando el cuerpo empieza a estremecerse, un arco de electricidad fluyendo de un lado al otro y con los ojos parpadeando. Por un momento está ahí, pero algo no encaja: se dispone a gritar y... se marcha. La sala está en silencio durante su marcha, derrotados, pero... algo permanece, algo no tangible, que grita sin palabras cuando ve su propio cuerpo por primera vez.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves dos figuras, un humano y un aumaua, de pie frente a este hombre. El humano está enfurecido y el aumaua grita con la cara roja de ira. Se inclina hacia delante y un río de palabras profanas emerge de su boca, mientras el rostro se le va amoratando. El hombre permanece impertérrito ante el ataque, inmóvil y con una sonrisa perpleja en el rostro. Sujeta un florete hacia un lado con indiferencia, apuntando hacia abajo, pero aprieta la empuñadura con tal fuerza que el puño se le queda blanco.
 
El aumaua deja de gritar un momento, pero solo para tomar aire, ya que inmediatamente se dispone a continuar dando voces. Durante el breve silencio, el hombre levanta la mano izquierda y comienza a hablar, tratando de apaciguar la situación y poner fin a un abuso continuado. El aumaua lanza un gruñido, empuja un dedo contra el pecho del hombre para que deje de hablar, dejándolo ahí para dejar claras sus intenciones.
 
El hombre del florete inclina la cabeza hacia abajo y mira el dedo sobre su pecho; después, vuelve a mirar al aumaua sin mover la cabeza. El aumaua se da cuenta, demasiado tarde, de que ha ido demasiado lejos. El hombre le coge la mano, la aprieta y se la retuerce. Se escucha un fuerte crujido y el aumaua grita. El hombre levanta el florete y golpea al aumaua, dándose más impulso con la empuñadura. Se escucha un segundo crujido y el aumaua se derrumba, inconsciente, con una hemorragia nasal.
 
El segundo forastero levanta la mirada del cuerpo débil de su amigo y descubre que la punta del florete lo está apuntando a él; al otro lado del arma, un rostro plano, arisco y serio. Levanta las manos en señal de derrota y retrocede. Cuando considera que está lo bastante lejos para que no lo alcancen, empieza a correr. El hombre se gira para marcharse y la sonrisa regresa lentamente a su rostro.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre que tropieza con las rodillas ensangrentadas, la ropa desgarrada y la mirada muerta. Tiene la piel cubierta por el sudor, pero sigue avanzando. Lleva la espalda arqueada, derrotada. Porta un arco con las cuerdas flojas por el desuso. Tropieza entre la maleza, pero no tiene capacidad de percibir nada más allá de su propia angustia. 
 
Encuentra un ciervo con las entrañas desperdigadas por la tierra; todavía está caliente a pesar del frío de la noche. Un stelgaer lo vigila desde arriba, subido al tronco de un enorme árbol caído. El hombre tarda un momento en ser consciente del peligro, y parece hasta alegrarse por ello. El stelgaer se deja ver desde el árbol y lo observa detenidamente. Tiene el estómago tan distendido que casi golpea el suelo al saltar, y el hombre se lanza a su encuentro. Por un momento, el tiempo parece ralentizarse en el encuentro entre hombre y bestia. El stelgaer ruge y lo golpea con las garras; pronto lo tiene inmovilizado. Sus grandes dientes amarillos y su aliento de ácido están listos para lanzarse contra su presa... pero, con un húmedo sonido rasgador, es el stelgaer el que acaba con el torso destrozado. 
 
El hombre, cubierto de sangre, respira hondo. "Hoy no. Hoy, no".</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una mujer de piel oscura nerviosa y preocupada. Desplazándose hacia la popa, escala por el cordaje y le grita frenéticamente a la tripulación. El barco no gira lo bastante rápido. Mira al capitán mirando boquiabierta y en silencio a la embarcación que se aproxima. Le salen ampollas en las manos durante el descenso mientras salta de cuerda en cuerda, gritándole que se ponga en acción, que tome el mando, que HAGA algo. ¿Para qué le paga, si no es para defender el barco de los piratas? 
 
Con el rechinar del lanzamiento de las escalas, el barco es abordado. Desciende rápidamente bajo cubierta, bajando los escalones de tres en tres hasta que llega a la bodega. Rebusca por los contenedores hasta que lo encuentra: un trabuco lleno de munición. 
 
Alguien la agarra por detrás. Le da un rodillazo, gira y dispara. La fuerza la lanza de espaldas contra la pared, pero su asaltante cae al suelo sin brazo y con solo media cabeza Se arrastra escaleras arriba, recarga el arma y ataca a la fuerza enemiga con su tripulación. Alza una ceja mientras los piratas caen a izquierda y derecha. Claramente, esto es más de lo que esperaban cuando eligieron su barco.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre rezando en el suelo, en silencio, moviendo los labios al ritmo de un antiguo himno desconocido. En sus manos, la espada comienza a emitir una luz blanca y cegadora que sofoca al instante la oscuridad a su alrededor para acechar por las esquinas y los estantes. Lentamente, abre los ojos y continúa con sus rezos silenciosos mientras se adapta a la nueva luz, con el rostro contenido por la concentración. Se levanta y comienza a moverse deliberadamente hacia una enorme puerta de hierro con unos extraños símbolos inscritos en la superficie oxidada. El volumen de sus oraciones va en aumento y van ganando en sustancia a medida que se va acercando. Sus ojos azules arden de fervor y la punta brillante de la espada toca el centro de la puerta... y la atraviesa. La luz blanca se extiende sobre la superficie y los símbolos se encienden y cobran vida mientras el paladín canta. 
 
Se escucha un tono suave que suena a través de la antigua estructura y la puerta comienza a abrirse: los símbolos han desaparecido y también el óxido, y el paladín se adentra a lugares desconocidos, portando una luz que solo ahora empieza a comprender.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un aumaua de aspecto huraño delante de esta mujer, sujetándole la muñeca con firmeza. El aumaua levanta el brazo , haciendo que los pies de la mujer casi dejen de tocar el suelo. Al mismo tiempo, se inclina y coloca su cara junto a la de la mujer. Ella sonríe con vergüenza, saca la otra mano que llevaba detrás de la espalda y ofrece el collar que acaba de robar. Él lo mira y vuelve a mirarla a ella. Con la mano que tiene libre, le arranca el collar y se lo guarda en la túnica.
 
La levanta aún más, ahora los pies le cuelgan sobre el camino, y después la lanza contra el edificio que tiene detrás. La mujer golpea la pared y exhala profundamente lanzando un aullido de dolor. Cae contra el suelo con las piernas encogidas bajo su cuerpo, levanta la vista y ve al aumaua a punto de abalanzarse sobre ella. Él saca el puño y se detiene; la mirada asesina se transforma en una mirada de confusión. Se gira y se toca la coronilla con la mano para tocar la herida que, de repente, empieza a notar. Detrás de él hay un hombre mayor con un mazo en la mano, sonriendo con malicia. El aumaua gruñe y se lanza contra el hombre. El hombre da un paso adelante para encontrarse con el aumaua, al tiempo que balancea la maza formando un arco ascendente. La maza golpea la barbilla del aumaua; se escucha el eco de un golpe seco que le lanza la cabeza hacia atrás y detiene su impulso. Los brazos se le desploman hacia los lados y se queda ahí, de pie, recuperando el sentido de la orientación. Aprovechando la ocasión, el hombre mayor levanta la maza con las dos manos y la balancea con todo su peso. La maza impacta sobre la cabeza del aumaua con un golpe húmedo y se desploma sobre el suelo inconsciente.
 
El hombre se gira hacia la mujer, que sigue sentada en el suelo  intentando procesar lo que ha sucedido. Alarga la mano hacia ella y asiente con la cabeza. Ella la toma, vacilante, y lo mira de soslayo. "Hablemos" dice él, sonriendo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una calle en penumbra llena de edificios. La mayoría están a oscuras y en silencio pero, junto a un canal, hay uno brillante y bullicioso que desafía a la noche. Este aumaua está en medio del a oscuridad acompañado del frío de las sombras y alejado de todo. Mira fijamente la puerta del edificio iluminado y lo estudia atentamente. Hay un cartel colgado en el lateral del edificio. Apenas es legible por la oscuridad, pero parece que pone 'El ganso y el zorro'. 
 
Hay movimiento dentro del edificio y el aumaua reacciona. Se acerca la capa al rostro y se le acelera la respiración. Su excitación es palpable. Se abre la puerta principal del local, liberando una cacofonía de risas y gritos. La luz salpica la calle e ilumina la figura solitaria junto al dintel. El aumaua se levanta; alza la mano derecha frente a su rostro con la palma hacia abajo y los dedos extendidos. La figura sale de El ganso y el zorro y tropieza entre la oscuridad, balanceándose ligeramente mientras camina vacilante por la calle.
 
El aumaua sigue a la figura, murmura unas palabras y ondea suavemente la mano. Las puntas de los dedos empiezan a brillar suavemente y un vapor se eleva desde ellas frente al aire frío. Acelera el paso con la intención de alcanzar a la figura que va desapareciendo en medio de la noche. Mueve la mano una vez más y las puntas de sus dedos empiezan a emitir llamas; la luz parpadeante revela un regocijo maníaco en sus ojos. A punto de ahogarse de contento, se acerca a la figura y susurra un nombre: 'Keronne'. La figura salta ligeramente y comienza a girarse mientras el aumaua extiende la mano y acerca los dedos a la figura.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una muchacha harapienta con una lámpara de aceite en la mano que baja por un callejón. Sus pies, pequeños, cubiertos de barro y entumecidos, avanzan a pesar del frío. Solo tiene ojos para el granero que ve en la distancia y para el heno suave de su interior. Horquilla en mano, pelea con la cerradura. A pesar del frío, logra abrir la puerta con sus hábiles dedos y entra con su cuerpo demacrado. En algún momento entre el cierre de la puerta y su caída al suelo, la lámpara se le escurre de la mano. Las llamas tantean el heno y lo dominan con gusto, avanzando cada vez más rápido y más lejos. La chica grita.
 
Fuera, una mujer recorre las calles siguiendo los gritos y el humo. Mueve las manos antes de ver las llamas, y de sus dedos salen tres misiles de fuerza prácticamente invisibles. Rompen la puerta del cobertizo, pero el fuego se deleita con la compañía y ruge con más fuerza. Los gritos han cesado. Cubierta su piel de hierro, la mujer susurra una oración y se lanza al infierno. El fuego cruje, hambriento, y ella responde con furia, escarcha y granizo. Ella no será dominada y el fuego es derrotado.
 
La muchacha es débil, tiene el pecho seco y lleno de humo, pero está viva. La mujer la saca entre vítores y aplausos, mientras el sudor derretido le gotea por su rostro plateado.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un impresionante grupo de orlanos salvajes con ropas ceremoniales a la sombra de una arboleda de robles antiguos. Debajo del roble más grande hay dos orlanos jóvenes con las manos entrelazadas y la mirada clara que prometen quererse y cuidarse en la unión de sus clanes. Un orlano de más edad, con una barba que parece crecerle desde debajo de los ojos, se acerca a ellos para hablar y declara que la unión ya es una realidad. Los clanes orlanos, jubilosos, llevan a la pareja de recién casados hasta su tienda con rugidos de risas y chistes groseros. El anciano orlano se queda solo debajo del viejo roble. Suspira y observa la escena desde la distancia. Suspira una bendición silenciosa. Su felicidad le hace feliz, y se confunde entre los árboles sin pronunciar ni una palabra más. Ya ha visto suficiente felicidad por un día.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un pequeño puesto móvil cubierto de diferentes mercancías y artículos diversos. Esta mujer está junto al puesto hablando animadamente con un hombre que ha cogido uno de los objetos que ella vende. Tiene un semblante ligero y amigable, y está intentando explicarle al hombre cómo controlar el objeto. El hombre pasa la mano por encima del artículo y susurra algo que no parece más que un galimatías. Tras varios intentos, gruñe, le lanza el objeto a la mujer y hace ademán de marcharse.
 
Ella lo detiene poniéndole la mano en el hombro y le pone el objeto delante de la cara. Perfila el objeto con el dedo, repitiendo lenta y claramente la misma frase, una y otra vez. De repente, el objeto se enciende y brilla como una antorcha. La cara del hombre se ilumina también y la mira, expectante. Ella pasa dos dedos por el lateral del objeto y la luz se extingue. Se lo da otra vez a él y recupera su lugar en el puesto, guiando sus manos mientras le susurra en la oreja lo que debe decir. Tras muchas tentativas fallidas, el hombre logra iluminar el objeto en cada intento.
 
Eufórico, se lo devuelve a la mujer y ella vuelve detrás del carro. Mientras él busca la moneda adecuada, ella coloca el objeto en una estantería debajo de la parte trasera del carro y lo sustituye por otro que saca de una caja pequeña. Intercambian dinero y mercancía y ve marcharse al hombre, satisfecho con su compra. Después examina a la multitud en busca de su siguiente objetivo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una posada impoluta: la barra de madera oscura reluciente, los clientes bulliciosos y sonrientes. Hay dos hombres detrás de la barra bromeando mientras sirven bebidas; su parecido es tal que deben de ser hermanos. El más joven coge un montón de bebidas y las reparte por la sala, charlando alegremente mientras sirve los pedidos. Cuando entrega la última cerveza y se da la vuelta, un aumaua con el rostro enrojecido embiste la puerta seguido de tres elfos con aspecto resentido, que arremeten detrás de él. El aumaua gruñe y se quita de en medio de un golpe al joven, exigiéndole una cerveza al hermano que está tras la barra. El hombre se niega y el resto del bar se queda en silencio: va a haber lío. El hermano mayor vuelve a pedirle al aumaua que se marche, y el pequeño lo agarra firmemente por la espalda y lo empuja hacia la puerta. La escena se paraliza. Con un crujido repulsivo, el hombre es lanzado hacia atrás contra la pared y el cuello se le rompe hacia atrás antes de caer al suelo. Ya no se levanta. La acción se acelera: el resto de clientes acuden a ayudar al tabernero y sacan al aumaua y a sus compatriotas por la parte de atrás, pero el daño ya está hecho. La alfombra rezuma sangre, que lentamente va empapando las fibras mientras un hermano muere y el otro cae de rodillas con la mirada perforada por el dolor. Cuando se levanta, el aumaua hace ya rato que se ha marchado.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a este hombre, mucho más joven, tumbado sobre una gran losa de piedra situada sobre un estrado, en el centro de una sala redonda. En siete puntos alrededor del estrado hay unos hombres vestidos con túnicas negras y postrados sobre unas ruinas ornamentales talladas en la piedra del suelo. Están entonando cánticos como un zumbido constante.
 
Entra un octavo que lleva una caja de ébano con unas runas incrustadas  iguales a las del suelo. Se coloca en la cabecera de la losa, baja la cabeza y abre la caja. Se gira hacia cada uno de los hombres postrados al tiempo que va inclinando la caja abierta hacia ellos. Después coloca la caja en la cabecera de la losa sin mirar al joven que hay tumbado sobre ella. Mete la mano en la caja y saca un pequeño cilindro de ónice. Después, se dirige al final de la losa y se detiene cerca de los pies del joven.
 
Levanta el ónice, dice una palabra y después lo presiona contra el pie derecho del joven. Cuando le toca la piel, el ónice se ablanda y se convierte en una sanguijuela negra que se engancha a la planta del joven. El hombre repite esos pasos hasta que hay sanguijuelas en las dos manos y en los pies, en el pecho, en el cuello y en la frente. El hombre se coloca a la cabecera de la losa, levanta las manos y se une al cántico, observando al joven mientras se desangra.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hechicero haciendo magia en una plaza, creando sonidos y colores con los dedos al aire y tejiendo escenas de belleza y terror. Una multitud de espectadores aplaude y vitorea, cautivados por el espectáculo; todos menos un niño que observa boquiabierto desde el lateral. Sus ojos verdes están pálidos de sorpresa ante tantas visiones que se desarrollan ante sí, y algo hace clic en su interior. Sin previo aviso echa a correr y desaparece entre la gente, empujando con desesperación.
 
Poco después, el mago termina el espectáculo; un gigantesco dragón de plata desciende entre la multitud y mil estrellas comienzan a estallar y a transformarse en la nada. Mientras recoge monedas, camina entre los aplausos del público, saludando y asintiendo al pasar, hasta que le ponen una bolsa en las manos. El muchacho se queda de pie frente a él, pequeño e inmóvil, y le ruega al hechicero que lo nombre su aprendiz. Se queda mirando la bolsa pesada, y examina detenidamente su contenido mientras observa al chaval. Al final asiente, pellizca suavemente la bolsa y la hace desaparecer. El chico sonríe. ¿Cómo lo has hecho? Pregunta, pero el ilusionista se limita a guiñarle el ojo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre tumbado sobre una alfombra y con el sueño alterado. Se revuelve, incapaz de encontrar la tranquilidad total. Tras los párpados, sus ojos se mueven inquietos y pequeños quejidos de angustia escapan de sus labios. Se da la vuelta, cambia de posición, se tumba boca arriba y luego de lado con la frente empapada de sudor.
 
La puerta de su cámara se abre lentamente y la tenue luz del pasillo cae sobre el rostro del hombre. Este hombre, mucho más joven de lo que él es ahora, entra ágilmente en la estancia. Sus pies suben y bajan mientras cruza la habitación con una precisión estudiada, sin hacer ruido alguno. Se acerca al hombre de la alfombra al tiempo que levanta dos dagas muy despacio. Se coloca sobre el hombre y lo mira fijamente; sus facciones rígidas delatan un odio ardiente. No se mueve, es como una estatua preparada para atacar junto al lugar de reposo del otro hombre.
 
El hombre abre los ojos de repente con la mirada confusa, intentando alejar el sopor de su mente. Ve al muchacho sobre él con las dagas en posición y deja de pestañear. La confusión da paso al terror y solo le da tiempo a decir una palabra: "¡Tú" antes de que el chaval se le eche encima. Se deja caer, presiona el cuello del hombre con la rodilla y le clava una de las dagas en el estómago. El chico se acerca, inclina la cabeza hacia atrás para dejar ver una gran cicatriz negra que le cruza el cuello, desde la mandíbula derecha hasta la clavícula izquierda. El hombre balbucea y tose con un sonido ahogado, intentando hablar a través de la opresión de la tráquea. El chico lo vuelve a mirar fijamente, con los ojos fijos mientras el hombre suelta su último aliento. Después, levanta las dos dagas y se las clava al hombre en los ojos.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo de niños gritando;,sus retorcidas sonrisas dibujadas en unas bocas demasiado pequeñas. Un muchacho sin ojos y con la cara llena de unos extraños colmillos negros se encoge de miedo junto a un árbol. Sus pequeños hombros se agitan y susurra para sí mismo, intentando ignorar la implacable marea de insultos. Bicho raro. Monstruo. Cabeza de muerte. El chico se queda un buen rato después de que se hayan marchado los otros niños.
 
Ves al mismo chaval sin ojos muchos años después, convertido en un hombre. Hay otro grupo apiñado a su alrededor, pero esta vez se trata de público. Cuenta un chiste largo sobre un fantasma y un retrete y, cuando llega al remate final, la multitud ya ha empezado a gritar y empieza a sonar como aquella de la otra vez.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves unas piernas musculosas dando vueltas por el aire que derriban a dos rivales y giran hacia atrás para alcanzar a otro. El monje respira hondo y, suavemente, revierte el ataque. Un gancho brutal deja fuera de combate a un cuarto combatiente, y un barrido de piernas le da la victoria cuando, finalmente, el quinto enemigo es derribado. Todo un torbellino de acción que salta sobre una pared y se lanza suavemente por una ventana abierta. La estancia está vacía. Se centra y continúa, derribando y dejando inconsciente a un guardia tras otro. El único sonido que da muestras de su paso son los gruñidos y los gemidos de los heridos e incapacitados; esta noche no hay muertes. Atraviesa el edificio, decidido, hacia una estancia central. Derriba a otros dos guardias con una invasión mental e inmóvil, una habilidad que cree recordar de otra vida pasada, y entra en la sala. Dentro, la imagen de un hombre hace una reverencia con una sonrisa burlona y desaparece. El monje le devuelve el saludo y se marcha por donde ha venido.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a esta mujer corriendo por las calles de una pequeña ciudad. Se va abriendo paso entre la gente, mirando de reojo. Tiene la ropa rasgada y el pelo alborotado. Aunque parece que esté escapando de alguien, la mirada le brilla de alegría. Su rostro muestra una gran sonrisa y, de vez en cuando, suelta una pequeña carcajada.
 
Sigue mirando de reojo y choca sin darse cuenta con un hombre bien vestido que está junto a uno de los puestos del mercado. En cuanto ve al hombre contra el que ha chocado, el semblante le cambia por completo. La alegría da paso al miedo. La sonrisa desaparece, su labio inferior empieza a temblar y frunce el ceño. El hombre, al ver su aspecto, expresa preocupación por su bienestar, y ella inclina la cabeza sobre él y le cuenta una historia sobre un hombre brutal con la mano muy suelta. Mientras habla, recorre su cuerpo con sus propias manos, buscando y explorando.
 
Se escucha un grito entre la multitud y los dos desvían la mirada; ven que se está cercando un hombre grande y muy enfadado que se está abriendo camino a empujones entre la gente. El cuerpo de ella se agarrota contra el de él, fingiendo miedo. El hombre le dice que no tema y se coloca delante de ella para bloquearle el paso a la figura que cada vez está más cerca. La mujer sonríe, alejándose lentamente de los dos, y después suelta una carcajada de júbilo. Su protector se gira, confundido, y la ve marchar riendo y agitando una bolsa de monedas. Se gira y echa a correr entre el barullo del mercado. Confundido, el hombre se pasa la mano por el cinturón. El rostro se le endurece y grita, uniéndose a la persecución de la mujer, que sigue riendo mientras se pierde entre la multitud.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un pequeño claro a través de los árboles, entre un bosque espeso. Este hombre está de pie junto a la línea de los árboles y lleva un taparrabos como único atuendo. El ruido de la tala y las sierras del claro inunda el aire y, con cada hachazo o gemido, la expresión del hombre se vuelve más triste.
 
Levanta los ojos y sigue con la mirada a los cuervos que se han reunido en los árboles. Se gira y mira a los hombres que están trabajando en los árboles. Gruñe, hablando con los cuervos. ¿Cómo se atreven? ¿Acaso no reconocen un lugar sagrado cuando lo ven? Dice una palabra y apoya la mano en uno de los árboles. Parece que la corteza saliese desde el árbol y subiese por su brazo, abriéndose camino lentamente para abarcar su cuerpo entero. Levanta el báculo, vuelve a hablar y después baja el báculo con la palabra final de su conjuro. Las plantas y las raíces que bordean el claro se mueven, se alargan y se ondulan como una serpiente preparada para atacar. Observa y ve que todos los cuervos lo están mirando, esperando sus palabras.
 
Se desplaza hasta el claro sujetando el báculo sobre la cabeza. Mientras despeja la línea de los árboles, uno de los trabajadores se percata de su presencia y grita a los demás. Se retiran hacia el lado más alejado del claro, y un grupo de hombres más duros avanzan y se preparan para la acción. Los mira fijamente por un momento antes de decir: 'Os lo advertí'. Baja el báculo y lo dirige hacia los hombres que están destrozando el bosque.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una mujer de fuego retorciéndose y bailando entre una horde de enemigos esqueléticos. Las flechas recorren el aire pero, con solo girar la muñeca, lanza una sábana de fuego directamente contra los arqueros agresores, que acaban incinerados a su paso. Grita y pierde la concentración cuando una pica le atraviesa la pierna y la obliga a caer. A medida que los esqueletos van avanzando comienza a arder con más luz, más calor, entonando un cántico entre dientes. Titila por un momento y el fuego se contrae, pero entonces explotan desde ella unas olas de fuego blanco que lo destruyen todo a su paso. Lo único que queda es el sonido se sus jadeos y un rugido de dolor cuando gira la pica que lleva en la pierna y la coloca en el suelo para levantarse. Se da la vuelta para marcharse, cojeando ligeramente hacia la puerta, pero algo la detiene. 
 
Un susurro gutural e inhumano recorre el aire y se materializa delante de ella, reclamándola, haciéndole señas. Es arrastrada hacia delante contra su voluntad y el hedor a muerte y polvo le invade el olfato. Tiene el rostro vidrioso, indiferente. Cae a los pies de la criatura y algo despierta en su interior. Con los ojos ardiendo, se levanta una vez más y alarga una mano para acariciar la mejilla de marfil del esqueleto, convirtiendo el hueso en ceniza y carbonilla. 
 
Se queda ahí un tiempo después viendo cómo las cenizas vuelan entre una especie de brisa espectral. Algo la había reclamado... y todavía no había terminado.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una estancia oscura y desordenada. Las persianas están bajadas bloqueando la luz y fuera se escuchan sonidos de gritos y carreras. Este hombre recorre una casa mientras mete objetos en una bolsa. Envuelve comida, recoge ropa y busca en un baúl cosas que parecen elementos mágicos. Se detiene ante la estantería y, rápidamente, ojea los lomos de los libros y pasa los dedos por encima para no perderse. Suspira y vuelve a pasar el dedo por los lomos, murmurando para sí mismo. Al final escoge un par de títulos, los saca de la estantería y los coloca junto al resto de objetos que ya ha recogido.
 
Un pequeño grupo de ardillas y pájaros, que se desplazan casi como una entidad individual, lo ven pasar por las diferentes estancias. Intentan permanecer cerca de él, pero también saben que no deben cruzarse en su camino. Está claro que tiene prisa pero, en todo lo que hace, mantiene una actitud reflexiva.
 
La puerta exterior se abre con una explosión y los animales se dispersan aterrorizados. El hombre se gira y levanta una mano, sujetando un libro con la otra y susurrando algo apenas audible. Comienzan a formarse cristales de hielo en la punta de sus dedos que crujen al entrar en contacto con el calor del ambiente. Ve al hombre de pie en la puerta e, inmediatamente, baja las manos y el hielo se desvanece tan rápido como apareció. El hombre de la puerta gesticula para que se dé prisa, y apunta hacia fuera, a algún lugar en el horizonte. El hombre de la casa lo despacha con la mano y le dice que casi ha terminado, que enseguida irá. Examina una vez más la vivienda en busca de algo que pudiera haber pasado por alto. Satisfecho, se marcha sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. Fuera ve gente preparada como él para abandonar la ciudad, abandonar las columnas de humo del horizonte.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre forzando una cerradura en busca del clic que garantizará su éxito. Tarda un poco, pero lo consigue. Clic. Gira la aguja un poco más. Clic. Un poco más. Clic. Sonríe confiado mientras se adentra en el edificio fortificado. Al cruzar el umbral, un escalofrío le recorre el cuerpo y se le contraen brevemente las pupilas cuando la puerta se cierra tras él. Clic, clic, clic. Cerrado. 
 
Atraviesa el edificio silencioso y lo registra sin sutileza alguna. No coge nada, a pesar de la gran admiración que despiertan las joyas y las pociones. Nadie lo detiene mientras recorre una habitación tras otra: está solo y nadie interrumpe su búsqueda. 
 
Por fin, en una estancia mugrienta y cubierta de polvo, encuentra una trampilla oculta torpemente bajo una alfombra desgastada. La cerradura está oxidada, es vieja y tosca, por lo que logra romperla fácilmente con un golpe de espada. Silba al ver la colección que tiene ante él: martillos de adra, espadas obsidianas, armaduras de escamas de dragón. Cambia su espada por un ejemplar negro y enorme cubierto de símbolos, y se lleva todo lo que es capaz de cargar. Al volver a bajar la tapadera de la tramilla escucha un perforador chillido de lamento. Preso del pánico, intenta correr, pero la colección pesa demasiado. Maldice, lo suelta todo menos la espada y escala una librería hasta una ventana enrejada. Rompe el cristal con la espada y comienza a golpear las barras de hierro. Los gritos en la distancia reavivan su desesperación y, con un estridente ruido metálico, las barras caen de la ventana. Se cuela por la abertura cortándose cada tramo de su piel y corre, llevando a sus espaldas la espada obsidiana que brilla suavemente entre la oscuridad de la noche.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves la estructura calcinada de una estancia. Este hombre está de pie en medio de la estancia; hay marcas de quemaduras alrededor de sus pies y le sale humo de la túnica chamuscada por el fuego. Hay escombros esparcidos por doquier, estanterías rotas, libros rasgados y quemados, sillas destrozadas, una mesa partida. Las paredes están agrietadas y la luz se cuela débilmente por un pequeño agujero del tejado. Todas las ventanas de la sala están hecha añicos; hay una lámpara tirada en el rincón y, debajo, se está formando un charco de aceite sobre el suelo de piedra.
 
El hombre mira a su alrededor y examina los restos, deteniendo brevemente la mirada en los cinco cuerpos que hay tirados entre los escombros. Están retorcidos, quemados, desgarrados, prácticamente irreconocibles. Se gira a mirar al único hombre que todavía sigue con vida, está sentado, apoyado contra la pared, con las piernas y la pelvis aplastadas bajo de una pesada viga de piedra. El moribundo mira fijamente por encima de la viga con la mirada en blanco, y le gotea sangre desde la comisura de la boca. El hombre que no está lesionado se inclina hacia él y le mira a los ojos. "Nadie más debe saber esto" dice. El otro hombre abre la boca para hablar, pero este hombre ya se ha marchado.
 
Deja caer la mano hacia un costado y pronuncia una frase muy breve. Una gota de tinta le cae de la mano hasta el suelo y se transforma en un anillo de energía negra que se va extendiendo hacia fuera. Cuando pasa sobre el otro hombre, se transforma. La piel se le vuelve gris y ceniza y la carne se le reseca y empieza a arrugarse. El anillo se extiende más allá de donde está el hombre y desaparece mientras su cuerpo, que ya no es más que cenizas, se deshace por completo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre con la mirada fija en una pareja que camina por un camino empedrado. Se mueve con demasiada evidencia, de un modo demasiado natural, y su mirada no se aparta de los rizos de ella al tiempo que los sigue de edificio en edificio. 
 
La mujer ríe embriagada. Tiene las manos enlazadas con las de un noble de nariz afilada cuyo jubón es demasiado pequeño para su generoso porte. Ella lo roza mientras avanzan, claramente más cerca de lo que su sombra querría. Él entorna su mirada, preso de ira, cuando la pareja se siente en una entrada lujosa y la mano del noble se escurre por debajo del vestido de ella. La respiración de la muchacha suena entrecortada y da paso a un jadeo al tiempo que se inclina más hacia él.
 
El espectador se detiene con los labios apretados y las venas encendidas. Se desliza pegado a la pared, daga en mano, y sale en el momento en que la mujer muerde el jubón del noble. En un momento, todo ha acabado. Cierra los ojos, la daga se le resbala de la manos ensangrentada y echa a correr.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre montado a caballo, cabalgando delante de una caravana que recorre una zona poco arbolada. Este hombre cabalga a su lado; están charlando y bromeando alegremente. Los hombres se parecen mucho y los dos van vestidos con armadura y armados con una espada y un arco.
 
Un orlano a caballo se acerca y se detiene cuando los tiene cerca, haciendo un gesto pacífico. Les indica que el camino está despejado y que no parece que haya problema alguno en varios kilómetros. En cuanto termina de decir esto, sale una flecha lanzada desde la espesura de los árboles. La flecha alcanza al orlano en el cuello y lo derriba del caballo, que retrocede. Asustados, los otros dos caballos retroceden también y desmontan a sus jinetes. Este hombre cae y se levanta rápidamente, corre hacia el carromato de la caravana para ponerse a cubierto. El otro no tiene tanta suerte. Se le engancha el pie al estribo y se le dobla el tobillo hacia atrás mientras cae, quedando enganchado al caballo mientras este sale disparado. El pie se le desengancha, pero se escucha un pequeño crujido del tobillo. Aúlla de dolor y se arrastra hacia el carromato.
 
El carromato se ha detenido y los guardas traseros, dos aumauas, avanzan hacia el otro extremo. Uno baja del caballo, va rápidamente junto al herido y alarga la mano para ayudarlo. El otro aumaua cabalga hacia delante desenfundando la espada. El primer hombre ve lo que está a punto de suceder y trata de advertirle, pero es demasiado tarde. El aumaua montado a caballo da un golpe de espada y acaba con el que está intentando ayudar al herido antes de que logre llegar hasta él. Después, baja del caballo y vuelve a levantar la espada. El hombre que está detrás del carromato grita de nuevo y coloca una flecha en el arco. Lanza la flecha contra su objetivo, que ya ha clavado la espada en la espalda del herido</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una enorme melena naranja salvaje que pertenece a un hombre fornido con la expresión ligeramente atrapada en la pequeña estancia iluminada por las velas. Enfrente hay una mujer corpulenta sentada. Lleva un tercer ojo pintado en la frente. Lo mira fijamente, chasquea la lengua y le hace saltar. Le saca una cabeza y media, pero ella es la que manda en la sala. Ella cierra los ojos mientras coloca la mano en el pecho del hombre, y habla. Ve a una criatura pequeña y gris acelerada de un lugar a otro, corriendo, escapando. Ella la persigue, cuatro patas dando zancadas y saltando frenéticamente cuando...
 
Ríe abriendo los ojos y retirando la mano. Culpable de inmediato, se disculpa y evita su mirada. Él exige saber qué le pasa, cuál es la causa de su extraño comportamiento. "Antes de que nacieras, tu alma se dividió", explica, conteniendo una sonrisa. "Una mitad se quedó contigo, pero la otra ha adquirido una naturaleza bastante felina". 
 
Se balancea hacia atrás y un sinfín de expresiones recorren su rostro. Abre y cierra la boca varias veces antes de inclinar la cabeza con un atisbo de sonrisa jugando con su boca. De repente empieza a reír, se doblega y no puede contener las lágrimas que le caen por el rostro. Recupera la compostura, le da las gracias y se marcha: misterio resuelto.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves caras solemnes, cientos de ellas. Se levantan recordando en silencio: una ciudad que lamenta oficialmente el sacrificio de un héroe valiente. Sis compañeros se colocan en un lado, vacíos. El oficial cuenta la historia, la salvación del pueblo, la historia de uno que cae en batalla contra los troles, combatiendo lo mejor que puede, pero el rostro de sus amigos dicen mucho sobre la veracidad del discurso. 
 
Por fin termina, y los aldeanos retoman sus vidas. Las aventuras perduran durante un rato: se relatan, se recuerdan...  antes de regresar a la posada para pasar la noche. Cada uno sufre a su manera: lágrimas, ira, svef, botellas rotas. 
 
El líder del grupo permanece callado con la mirada introspectiva. Pasan semanas y empieza a hablar un poco. Sale de la posada por la mañana y regresa, exhausto, bien entrada la noche. Finalmente lleva a los demás a verlo: una estatua de tamaño real, hermosa en su tosco diseño. Los aldeanos la erigen en la plaza cuando el grupo se marcha, todavía vacíos pero un poco menos hundidos. Durante su partida, la estatua les sonríe.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un trío de orlanos, brillantes y llamativos, utilizando sus armas mientras compiten entre sí con una discordancia brutal. Tras ellos, un grupo de artistas saltan, ruedan y gesticulan; sus dientes destellan con un afilado exquisito mientras representan una extraña pantomima. El más pequeño, que por momentos parece un niño y por momentos un anciano, se lanza obscenamente hacia la multitud con la mirada acristalada sobre una sonrisa en rictus. El público se empuja incómodo ante espectáculo tal, preso de una total insatisfacción. 
 
No se lanza dinero ni elogio alguno, y los artistas continúan con su espectáculo. La multitud se dispersa, incómoda, y la sonrisa del niño-hombre se vuelve obscena mientras los ve marchar.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una mujer recostada en un gran diván. Coge dátiles de un cuenco de cristal muy elaborado y se los mete en la boca sin prestar atención mientras mira fijamente por la ventana. Está despeinada, va a medio vestir y a veces bosteza, dando a entender que la aburre lo que la rodea. Su habitación tiene el mismo aspecto desordenado, como si llevara semanas sin limpiarse. Una capa de polvo lo cubre todo, el suelo está lleno de ropa y de comida a medio comer, y los muebles necesitan ser restaurados.
 
Alguien llama a la puerta de su aposento y lo ignora refunfuñando por lo bajo. Coge otro puñado de dátiles y empieza a lanzarlos por el aire, de uno en uno, tratando de que le caigan en la boca. Falla casi siempre y los dátiles rebotan en el suelo, formando un anillo improvisado alrededor del diván. Vuelven a llamar a la puerta y salta. Se le cae otro dátil, que le da en la frente antes de caer rodando. Refunfuña y mira hacia la puerta, exhalando fuerte por la nariz. Se escucha un grito amortiguado y distante que proviene de fuera.
 
Rueda hacia un lado, de espaldas a la puerta, y se pone una almohada en la cabeza para intentar ahogar el ruido. Se queda así, tumbada varios minutos, y los ojos se le van cerrando mientras va conciliando el sueño. La puerta se abre y alguien entra en la habitación, vacilante, avanzando hasta llegar junto al diván. Alarga la mano de mala gana, le toca el hombro y lo sacude suavemente. Se le cae la almohada de la cabeza y se gira hacia el hombre al que le lanza una mirada beligerante. "Señora" dice, arrodillándose ante ella: "necesitamos su ayuda".
 
La mujer suspira profundamente, pone la mirada en blanco y comienza a levantarse. Coge un último puñado de dátiles y sale de la habitación masticando y haciendo ruido.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un claro en el bosque; la niebla se entrelaza con la maleza en medio del aire frío del alba. La serenidad de esta escena se rompe ocasionalmente con un sonido débil que resuena en medio del silencio. Esta mujer emerge entre los árboles, se detiene y cae al suelo. Se arrastra hasta el límite del claro y se acuclilla cerca de un árbol.. Mira furtivamente a su alrededor y escucha atentamente mientras la claridad va en aumento. Apoya la espalda en el árbol y empuja, preparada para lanzarse hacia delante.
 
Llega otro sonido desde la distancia, un crujido entre la maleza. Al oírlo sale disparada hacia delante, pero se mantiene lo más cerca del suelo posible. Se lleva una mano a la garganta y emite un sonido, una estridente llamada de ave, pero lo que emerge de su garganta parece proceder desde una distancia de varios metros. Detrás de ella, cerca del punto donde se ha escuchado el crujido, se escucha un breve gruñido que se silencia rápidamente. Se lanza a un arbusto grande al borde de la línea de los árboles, mantiene la cabeza gacha y se retuerce en silencio entre las hojas y ramas. Se coloca en posición en el arbusto y se gira hacia el lugar de donde ha venido. Vuelve a levantar la mano, esta vez imitando a un stelgaer, lanzando el rugido directamente detrás de los hombres que no consiguen echársele encima. Más de una voz responde a esta llamada, todas con tonos de pánico y premura; todas se desplazan rápido hacia aquí olvidando cualquier posibilidad de sigilo
 
Sale de debajo del arbusto y se agacha detrás. Coge el arco de la espalda, adopta la posición de tiro y espera a que aparezcan sus cazadores.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre fornido inspeccionado una posada dilapidada y el vendedor aumaua le hace sentir pequeño mientras recorren el local que, en su día, brilló con orgullo. Las paredes están llenas de manchas, solo Wael sabe qué sustancias se derramaron por las superficies. No hay nada que haya aguantado de una pieza; las mantas apolilladas, la comida podrida y la basura dan fe de la presencia de ocupantes ilegales. 
 
El hombre frunce el ceño mientras escudriña el lugar. El aumaua, grande y amenazador, le hace una oferta final enseñando con cada sílaba unos dientes blancos en exceso,. Con un suspiro acompañado del tintineo de la bolsa de monedas, el hombre compra la posada venida a menos y empieza a planificar.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves cómo una cerveza a medio beber recorre la distancia hasta su boca y se derrama sobre manchas de comida de tiempo atrás. Varios ojos miran fijamente la reyerta al otro lado de la estancia, que va ganando fervor mientras la pelea se va extendiendo. Otra cerveza, le murmura al tabernero. Apura su bebida y se gira hacia la pared. Se saca una imagen del bolsillo, un retrato de una niña pequeña, morena y con ojos verdes, y la coloca sobre una vela. No se quema. 
 
Varias cervezas después empieza a cantar. El bar está hecho un desastre, con sillas rotas y heridas de orgullo, y todos escuchan por un momento antes de seguir bebiendo, tomando svef  y charlando. Su dolor se siente por toda la estancia, y su triste historia les recuerda a las suyas propias. Cuando acaba de cantar, el silencio inunda el aire, palpable entre el humo, el sudor y el olor a levadura de cerveza. Es el primero en romper el silencio, pidiendo una ronda de cerveza para todo el mundo. El jaleo general de las conversaciones se reanuda, pero ahora el alborozo está teñido de recuerdos y pensamientos lejanos.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo de gente alrededor de un carro, embelesados con una espada que se balancea formando un arco grande y elegante. Este hombre sujeta la espada y la pasa de mano en mano con facilidad, haciendo que el filo baile ante el público. La lanza por el aire, gira y después se coloca el brazo detrás de la espalda para recogerla. El público aplaude emocionado y un par de ellos suspira, convencidos de que estaban a punto de presenciar una tragedia.
 
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      <DefaultText>Ves a un muchacho que se cuela por la rampa de un barco gigante de velas negras. Sonríe de tal modo que parece que la sonrisa vaya a agrietarle las mejillas. El barco está casi vacío, pues la tripulación ha salido a beber y a celebrar el último botín. El chico esquiva fácilmente a los guardias borrachos que están jugando a las cartas en cubierta e intercambiando historias de conquistas que el chaval todavía no alcanza a entender, y baja por las escaleras hasta las cubiertas inferiores. El chico explora la zona y el barco está en silencio; solo se oye el suave romper del océano contra el casco y el sonido amortiguado de unos pies que corren emocionados entre las cajas y se detienen a mirar en cada una de ellas. Se escuchan otras pisadas; el muchacho se sobresalta y se esconde detrás de unos sacos. Las pisadas desaparecen, pero el niño se ha quedado dormido... y el barco despierta cuando la tripulación embriagada escapa a toda velocidad con un polizón accidental.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un par de botas de cuero pulidas e impolutas y una perilla impecable. Se trata de un hombre de nariz aguileña con una sonrisa retorcida y estrecha mirada. Saluda quitándose el sombrero a un mercader mientras pasea tranquilamente. Lleva un trozo pequeño de pergamino en el puño y los dedos manchados de tinta. Parece conocer a la mayoría de los mercaderes del mercado. Se detiene y comenta, saluda e incluso regatea con algunos, siempre sonriendo, riendo e intercambiando bromas. Se acerca a una aumaua corpulenta con la sonrisa rígida y bromeando sobre el tiempo. Ella le sigue la broma y, sutilmente, le entrega varias monedas de oro. Cuando se marcha ya no lleva el papel en la mano y la sonrisa de su rostro es mucho más auténtica. Inclina el gorro hacia ella y avanza lentamente con ánimos renovados.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una mujer vaciando su bolso sobre la cama y examinando su inventario Hay pociones, vendas, tinturas y hierbas esparcidas al azar por toda la habitación. Se muerde el labio e inclina la cabeza hacia un lado para recapacitar. Empieza a recoger sus cosas, un objeto tras otro, deliberando cuidadosamente y con manos temblorosas. Cada artículo lleva el precio marcado pero, lo guarde como lo guarde, no se siente satisfecha. Los temblores empeoran mientras va sacándolo todo una vez más, y se cubre la boca con una mano. Las lágrimas brotan de sus ojos y pierde toda apariencia de orden: mete todo lo que puede ver en el bolso, lo coge y sale corriendo de la austera vivienda. 
 
Estira la espalda y camina hasta el muelle con la cabeza bien alta y los ojos rojos y endurecidos. Un elfo joven y desgarbado le da el pésame, pero es incapaz de verlo por el océano que tiene ante sí. Camina por el muelle ofreciendo sus servicios médicos a quien quiera escucharla, a cualquiera que vaya a salir con la marea alta. Menos de una hora después, ve cómo su infancia se desvanece en la distancia, una isla que no es más que un punto diminuto, y se esfuerza por no saltar.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un muchacho escuálido encadenado con agujeros negros en los ojos, con la mirada vacía hacia la pared. Entra un hombre con una capa oscura que lleva en la mano un pergamino y una pluma con una forma extraña. El muchacho lo mira sin expresión alguna, como un cadáver esperando ser revivido. El hombre le hace un chasquido con un evidente tono de desaprobación. El muchacho se levanta pero deja colgadas sus extremidades. El hombre coge la pluma y empieza a escribir sobre el pecho del niño, copiando símbolos afilados y angulares del pergamino. El niño no se inmuta mientras la pluma le presiona la piel y le produce cortes sangrantes. El hechicero termina con una floritura y emite una orden arcana que despierta el brillo tenue de los símbolos. El muchacho grita, sus rodillas golpean la dura piedra  y siente arder su pecho rojo y negro. El brillo acaba desapareciendo y deja únicamente cicatrices negras y endurecidas sobre su piel. Él se desploma hacia un lado, se retuerce, con los ojos hacia el negror de su cráneo. El hechicero gruñe y le da una patada en la pierna al salir. El muchacho se queda tirado en el suelo hasta el amanecer con los ojos aún negros como agujeros. Los movimientos se van convirtiendo en convulsiones.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves el interior de una tienda pequeña y oscura. Las estanterías están cubiertas de mercancías de todo tipo, algunas comunes y otras un poco más exóticas. Este hombre camina entre los estantes de la tienda y sonríe mientras toca los artículos. Recorre los pasillos, es la única persona en la tienda.
 
Se detiene delante de una réplica de una sierpe grande con una placa que ofrece información sobre su hábitat natural, sus hábitos alimentarios y sus rituales de procreación. Sigue avanzando, recorre los diferentes estantes y se detiene delante de cada uno para examinarlo. Mira por la ventana, delante de la tienda, y ve que el sol ha traspasado la línea de los edificios. La gente recorre el mercado, se detiene en las tiendas y deambula entre los puestos en busca de gangas.
 
Delante de la puerta, el hombre se gira hacia la tienda y sonríe de nuevo. Después abre la puerta y la empuja; el bullicio del mercado penetra en el interior.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves un camino largo y vacío que atraviesa dos grandes terrenos de cultivo. El aire está en silencio y la tierra está demasiado tranquila para ser la primera hora de la tarde. Esta mujer camina lentamente por el camino, tirando de un caballo y mirando a su alrededor con curiosidad. Parece percibir que algo no va bien, pero es incapaz de saber de qué se trata.
 
Se detiene y olisquea el aire levantando la nariz. Frunce el ceño y sigue buscando algo. El aire está despejado. No hay nubes. Vuelve a olisquear y sigue mirando a su alrededor. La confusión se instala en su rostro y le nubla la vista, tras lo que pronuncia una sola palabra: "¿Fuego?"
 
Mira los campos y la confusión se torna en miedo. Levanta la mano para bloquear la luz del sol y vuelve a otear los campos. Al no encontrar lo que estaba buscando, monta en su caballo y el miedo, rápidamente, se transforma en pánico. Da una patada para que el caballo galope por el camino, que hace una curva en una arboleda donde antes estaba la granja.
 
Se detiene de golpe, y el horror se asienta en su rostro cuando ve el montón de cenizas y carbón en el que se ha convertido su hogar familiar. Los ojos se le llenan de lágrimas cuando empieza a galopar a toda velocidad hacia los escombros.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un enano entrado en años contando monedas tras un escaparate mugriento; tiene el pelo sucio de grasa y sudor, y por la comisura de su boca asoma una mueca burlona. Las ofertas del día están esparcidas por la mesa desde bisutería deslustrada hasta una daga con ácido incrustado dejada precariamente cerca del borde. Su media nariz se retuerce por la emoción cuando entra un cliente, un joven noble desaliñado cuyo jubón ha pasado por épocas mejores. Los ojos se apresuran tras él buscando la persecución, antes de que eche el contenido de su bolsa de arpillera sobre la mesa. El enano se inclina hacia delante moviendo los dedos por la cubertería y las copas. Niega con la cabeza cagetóricamente y lanza los objetos de vuelta al hombre. El hombre suplica, ruega, con la mirada presa del pánico y pidiendo algo, cualquier cosa, un poco de plata. El enano mira con desdén y lanza tres pandas de cobre sobre la mesa. Desesperado, el joven noble se arranca un anillo con sello del dedo y el enano no oculta su regocijo. Unas cuantas monedas más acaban en el montón, y el hombre derrotado sale maldiciendo de la tienda. El enano venerable sonríe ante su buena fortuna, sacándose comida de sus afilados dientes mientras examina su botín.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un grupo de jóvenes de pie, alrededor de una diana improvisada. Hay un hombre en medio de todos que está detallando la construcción y el uso del arco. Lo levanta, señala cada una de las partes y explica su función. Después se aleja de la diana, les dice que se queden donde están y ocupa su lugar a unos 60 metros de distancia. Apunta con esmero mientras explica todo lo que va haciendo; después, lanza la flecha. La flecha da justo en el centro del objetivo para la sorpresa y deleite de todos los muchachos.
 
Sonríe y camina hacia los chavales hablando de cuál es la posición adecuada y del modo más efectivo de coger el arco. De repente, se escucha un ruido procedente de la línea de árboles que hay cerca del campo de tiro; se detiene, y observa el bosque entornando sus ojos azules contra el sol. Una sombra se desplaza y se abre camino a través del bosque, detrás de ellos. Saca una flecha y prepara el tiro, siguiendo con cuidado el movimiento de la criatura oculta. Suelta la flecha y, sin perder tiempo, coge otra rápidamente. Los chicos giran siguiendo el vuelo de la flecha hasta el bosque, que se pierde al instante entre los árboles. Hay un repentino movimiento explosivo entre la maleza cuando un ciervo aparece entre los árboles, corriendo por el límite del claro. Los chicos ríen y empiezan a bromear sobre la mala puntería del hombre. Dejan de hablar al verlo sujetar el arco y seguir al ciervo con la flecha. Se tiran al suelo cuando lanza la última flecha, que vuela directa y alcanza al ciervo justo detrás del hombro, perforándole el corazón y los pulmones y haciendo que se derrumbe al instante.
 
Los chicos se quedan unos segundos mirando al ciervo y,después, se giran lentamente a mirar al hombre con un respeto renovado en la mirada. Él vuelve a sonreír y lanza un suave suspiro de alivio.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una mujer alta inclinada sobre su bebida, sentada sola en una posada venida a menos. El resto de clientes evitan todo contacto con ella y dan un rodeo para no cruzarse en su camino. Hasta el posadero esquiva su mirada mientras sirve una procesión de bebidas, pero ella no parece darse cuenta. 
 
Un hombre entra pavoneándose; él sí que se da cuenta. Con un saludo imperioso al posadero se sienta junto a la mujer, claramente interesado en sus carnes. Ella le da la espalda pero él insiste e intenta ponerle la mano en la rodilla. En pocos segundos acaba tumbado en el suelo, estupefacto e inmóvil. Trata de levantarse pero se lo impide el zapato de la mujer que le oprime la garganta. Ella levanta una ceja con la expresión vacía, y él balbucea suplicando piedad. 
 
Cuando lo suelta tiene el rostro enrojecido. Ella vuelve a su bebida mientras él se tambalea hacia la puerta, lanzando miradas de afrenta en su retirada. Los otros clientes mueven la cabeza con complicidad.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una bandera alta ondeando lentamente al compás del viento, un sol naciente grabado en el estandarte, la vanguardia de una pequeña tropa de paladines. El ambiente es optimista aunque sobrio, y sus armaduras todavía no están teñidas por los elementos. Esta expedición está llena de frescor, de juventud, de afán y de entusiasmo. La encabeza un comandante, incómodo en su armadura pero decidido en el paso. A pesar de la excitación de sus compañeros, no sonríe. Tiene la boca curvada y el semblante desalentador. Levanta la mano y detiene a sus tropas. El silencio cae sobre ellos y se escucha un estruendo oscuro, bajo y profundo. Les ordena que se dispersen y que preparen sus armas. Los ojos recorren todos los flancos del horizonte; giran el cuello en busca del origen del sonido. 
 
En la distancia se alza desde el suelo el polvo al tiempo que unas nubes estigias se aceleran sobre ellos. Los soldados se levantan; sus nervios solo se perciben en su respiración acelerada. El comandante cierra los ojos y ruega una bendición para su tropa. Vigorizados, invencibles, esperan en posición de ataque a que se acerque el enemigo.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a este hombre desnudo, arrodillado ante un estrado en el centro de una estancia grande. Al otro lado de la sala, enfrente de donde está arrodillado, hay un gran trono. Tiene rotos el respaldo y dos patas, por lo que no se puede utilizar y hace que permanezca inclinado precariamente sobre una plataforma. La sala está rodeada de unas figuras vestidas con túnicas negras; cada una de ellas entona cánticos en voz baja que, como un zumbido, inundan la estancia.
 
Sobre el estrado, al otro lado del brasero, hay otra figura vestida con una túnica que lleva un libro encuadernado en cuero con marcas de quemaduras. Le está hablando al hombre desnudo de la lealtad, la dedicación y la ley. Cuando termina, le indica al otro que se levante y le tiende el libro sobre el carbón encendido del brasero. El hombre desnudo asiente, y el hombre de la túnica tira el libro al fuego. El hombre desnudo cae sobre una rodilla presionando brevemente con la frente el lateral del brasero. Después se levanta y mete las dos manos en la brasas al fondo del brasero. Saca el libro y, lentamente, se lo presenta a la figura de la túnica que tiene ante sí. El hombre pasa el pulgar sobre la ceniza que ha quedado sobre la portada del libro y la usa para trazar una marca sobre la frente del hombre desnudo, sobre la carne chamuscada.
 
El hombre desnudo asiente con la cabeza y susurra: "¿Es correcto, Da?" El hombre de la túnica asiente pacientemente.
 
El hombre desnudo mira el trono roto con ojos de niño y dice: "Mamá, ¿has visto eso?"</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a este hombre enzarzado en una profunda conversación con un elfo. El elfo parece una especie de supervisor y está discutiendo con el hombre sobre cuánto ha ganado por su jornada laboral. El hombre parece confundido y le dice al elfo que le debe mucho más de lo que se le ha entregado. El elfo sonríe con condescendencia y explica al hombre por qué no ha recibido tanto como debería. Habla rápidamente y dice cifras al azar, moviendo las manos y gesticulando con grandiosidad.
 
A medida que el elfo va hablando, el hombre parece más y más confundido. Al final, el elfo termina y va a entregarle al hombre su paga. Una voz interrumpe el proceso y le dice al elfo que debería replantearse las cantidades. Se giran y ven a un hombre de aspecto iracundo que los está observando. Se acerca, espada en mano. Le dice al elfo con dureza que debe recalcular la paga del hombre, esta vez incluyendo todo lo que se le debe. El elfo intenta protestar pero el hombre levanta la espada y le corta la bolsa de dinero del cinturón. Cae al suelo con un tintineo amortiguado. El hombre mayor le dice al más joven que coja la bolsa, pues se aproxima más a la cantidad que se le debe. Mientras habla, no aparta en ningún momento la mirada del elfo, desafiándolo a protestar de nuevo.
 
Cuando el joven ha cogido las monedas, el anciano vuelve a dirigirse al elfo. "Jamás volverás a intentar engañar así a la gente", afirma, y vuelve a mover la espada. La camisa del elfo se parte en diagonal, desde el hombro hasta la cadera, y un reguero rojo se forma a lo largo del corte El elfo grita, salta hacia atrás y trata de sacar su daga. El hombre mayor le golpea la muñeca con la parte plana de la espada y después se la coloca bajo la barbilla, meneando la cabeza El elfo se marcha rápidamente, replanteándose sus acciones.
 
El hombre mayor se gira hacia el joven y dice: "Parece que tenemos que hablar".</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a este hombre de pie sobre el polvo manchado de sangre. El sudor le cae por la frente, gotea sobre sus mejillas y se mezcla con el polvo, la mugre y la sangre coagulada alrededor de su boca. Su respiración estalla con un ritmo profundo y deliberado, siguiendo el tempo del sonido de los vítores de la gente en los puestos de alrededor.
 
Mira a su oponente final y deja caer sobre el suelo el gigantesco sable que lleva en la mano. Entorna los ojos mientras analiza el entorno y evalúa la competencia. El combatiente es nombrado, evaluado y rechazado en pocos segundos. Entreabre los labios para mostrar unos dientes afilados que todavía tienen restos de la sangre y la carne de su anterior rival. Escupe con desprecio hacia el guerrero que se está acercando lentamente, y después vuelve a sonreír, indicándole que se apresure.
 
Los vítores del público son cada vez más altos y más rápidos, y crean un ritmo hipnótico que le acelera la respiración de un modo frenético. Su rival embiste y agita la maza hacia él formando un arco lateral. No hace nada por esquivar el golpe, se limita a girar para prepararse. La maza golpea directamente su hombro izquierdo y grita; no de dolor, sino de pura euforia. Se gira, agarra al guerrero por la muñeca y se la retuerce hacia fuera. Se escucha un ruido húmedo y desgarrador al tiempo que el rival acaba con el hombro dislocado. Al escuchar los gemidos de terror que escapan de los labios del guerrero, el hombre ríe, llegando casi a ladrar. Le coge el codo del brazo dislocado y, asiendo aún la muñeca con la otra mano, tira del codo hacia sí mismo y le dobla el brazo entero hacia atrás, en dirección opuesta a la articulación. Se escucha un crujido estrepitoso por todo el recinto y el gemido da paso a un aullido de inmensurable dolor.
 
Suelta el brazo, ya inútil, y agarra al rival por los hombros, cerca del cuello, apretando con firmeza para trabajar sobre la parte de arriba de la extremidad dislocada. Los gritos del público son ahora rugidos frenéticos y corean la misma palabra una y otra vez. "¡Arráncalo!" El hombre sonríe por última vez y se prepara para darle al público una vez más el espectáculo que quiere ver. Sale disparado con la cabeza hacia delante y le hinca los dientes en el cuello al rival, sintiendo cómo la sangre le humedece los labios y penetra en su boca. Él estaba hecho para esto. Es quien es.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un enano con la barba enmarañada de lluvia y mugre. Envuelto en su capa, aprieta los dientes en medio de la ventolera. Camina en formación con otros veintiuno, todos ellos portadores de la misma insignia: una compañía de mercenarios. Todos están cubiertos de mugre y barro; el rostro fragmentado, los hombros caídos y débiles. Caminan sin hablar, concentrados en un círculo irregular. Su guía, un orlano de aspecto oficial, les hace gestos y los dirige a través de las calles empapadas, hacia un edificio medio en ruinas. El techo está parcialmente derrumbado y hay algo en la puerta, tal vez su excesiva perfección, que hace que el grupo se detenga. El orlano les grita agitado. Los mercenarios forman un círculo cerrado. Algo no va bien. Después, ruidos de pezuñas y disparos. Los han traicionado.
 
El combate es rápido y eficaz. La sangre de los mercenarios mancha las calles empedradas y los soldados reúnen a los supervivientes. Aparece un caballo encabritado de la nada que le da una coz al enano en un lado de la cabeza Cae al instante y sangra por el oído. Los soldados dejan atrás todo el caos, despreocupados, pues han cumplido sus órdenes.
 
La noche cae y los cuerpos se agarrotan. La lluvia lo ha limpiado todo excepto las calles, y el enano abre un ojo y gime. Le levanta con dificultad con la mano en la cabeza Deja su capa en el suelo con la insignia mirando al cielo y, lentamente, se marcha.</DefaultText>
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      <ID>105</ID>
      <DefaultText>Ves un grupo de gente inclinada que comparte ataques de risa mientras una mujer de mirada traviesa relata sus últimas aventuras con un trol particularmente cohibido. Los tiene a punto de caramelo cuando suelta la frase final, que hace que todos acaben llorando de risa. Hace una reverencia para el público con una sonrisa elaborada y retorcida y después se dirige al bar, seguida rápidamente por una legión de pretendientes ansiosos por ganarse sus afectos a cambio de una copa. Los despacha a todos, pero ninguno se marcha sin una sonrisa. Disfruta de su bebida, contenta, y empieza a anotar el comienzo de su próxima representación, riéndose de sus propios chistes.</DefaultText>
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      <ID>106</ID>
      <DefaultText>Ves a un xaurip gorjeando suavemente mientras cae al suelo víctima de un pequeño corte en el cuello. Un hombre alto que lleva una armadura oscura, limpia la espada en su capa antes de avanzar hacia el siguiente guardia. Otro destello y cae el segundo xaurip, y el siguiente, y otro más. Por fin, lo ve un explorador y grita. Entre un paso y otro, el hombre se coloca con cuidado el cuchillo en la bota, desenvaina dos espadas largas y decapita al xaurip más próximo. No se escucha sonido alguno, aparte del suave silbido de los filos al atravesar un monstruo tras otro, antes de que uno quede encajado en el cráneo de un espécimen particularmente duro. Al no poder sacarlo, suelta la otra espada y va en busca de su libro de hechizos. Un cono de llamas erupciona en su mano y hace hervir la piel de tres xaurips agonizantes, tras lo cual los otros salen corriendo. 
 
La tierra tiembla y unas rocas punzantes comienzan a perforar la superficie mientras ataca una alta sacerdotisa xaurip: demasiado tarde, pues el hombre hechizado se desplaza de un modo antinatural por el terreno atacando al resto de xaurips a golpe de espada y hechizos. El sudor le arde en los ojos, al tiempo que invoca una enorme bola de fuego que lanza con un aullido por el aire contra la alta sacerdotisa y sus seguidores. Tras su paso no quedan más que cuerpos calcinados. 
 
Cae de rodillas, jadeando, con casi cuatro veintenas de xaurips caídos a su alrededor. Cuando intenta levantarse, el suelo empieza a temblar de nuevo. Dos veces. Tres veces. Grandes pisadas y, entonces, se lanza tras una roca puntiaguda; una volea de fuego regresa y le chamusca la capa. El draco lo ha visto.</DefaultText>
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      <ID>107</ID>
      <DefaultText>Sientes una extraña división en el alma de esta mujer, un límite anormal entre dos voluntades opuestas.

Ves cómo la mujer hace un alto en el camino para entregarle algo al conductor de un carromato que se ha detenido. Estas hierbas ayudarán a paliar el mareo de su grupo, le dice. Encontrará más por el camino, son fáciles de identificar porque tienen las hojas dentadas, pero se deben evitar las que tienen bayas verdes. Son de otra especie. Una especie tóxica. Él le da las gracias y le ofrece una moneda, pero ella la rechaza y le explica que se limita a hacer lo que su orden le ha pedido. Él asiente y ella retoma la marcha mientras él empieza a consumir la hierba con ansia.

Ahora ves a la mujer rebuscando por el camino, el carromato está más adelante; te das cuenta de que has retrocedido en sus recuerdos. Ella se fija en una planta que tiene las hojas dentadas y una bayas verdes. Coge varios puñados, arranca las bayas una a una y las tira al suelo. Las empuja rápidamente fuera del camino, dándoles una patada hacia la maleza, como si quisiera ocultarlas de su propia vista, antes de seguir caminando hacia el carromato con las manos extendidas.</DefaultText>
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      <ID>108</ID>
      <DefaultText>Ves un grupo numeroso de gente reunida en la zona común de una posada grande. Este hombre está de pie entre el grupo entablando una conversación con alguien. Está sonriendo y habla con confianza, pasando tranquilamente de una persona a otra. Es capaz de salir de una conversación y entrar en otra sin romper el paso.
 
Le besa la mano a una mujer elegante, la inclina y después la gira para devolverla a los brazos de su acompañante Pasa a otro grupo y le da a alguien una palmada en la espalda mientras se ríe de un chiste, y después continúa. Camina entre la gente, abraza, da la mano... no para en ningún momento. Al final, parece haber llegado a su límite y se excusa de la reunión, para consternación de todos.
 
Sonríe y se despide con la mano, inclinando la cabeza y haciendo una reverencia mientras cierra la puerta. Cuando está fuera de la posada y ya ha doblado la esquina, saca varios objetos de un bolsillo oculto en su chaqueta. Mira cada objeto: un collar, un broche, un par de bolsas de monedas y una joya pequeña. Sonriendo, vacía el dinero en la palma de su mano y lo cuenta rápidamente, recorriendo las calles sin rumbo. Pasa por un mendigo que saca un cuenco y pide una limosna. El hombre se detiene, le sonríe y le echa las monedas en el cuenco. Después se marcha silbando de contento.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a una niña que lleva una gruesa cadena en la muñeca que la engarza a la pared, frotando una baldosa de cocina con deliberada lentitud. La mancha es oscura y densa, pero ella se pasa horas y horas frotando, sin percatarse del paso del tiempo, sin saludar a la luna cuando asoma en el firmamento. Frota. Su rostro es pequeño, duro y desecado.
 
Cuando termina la cocina está fresca y lista para el nuevo día, pero ella todavía no ha terminado. Se acerca, temblorosa, al cuerpo de la esquina. El blanco de los ojos parece dilatarse aún más cuando mete la mano en el bolsillo en busca de su desesperada libertad, y la encuentra en forma de llave. 
 
No se percata de que lleva la blusa manchada de sangre, ni de la mirada de la gente mientras corre hacia la orilla y se dirige a los embarcaderos en la distancia.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una sala oscura y premonitoria llena de humo de incienso. Hay dos figuras en el centro de la estancia haciendo una especie de ritual con movimientos lentos, exactos e intencionados. Este hombre sigue las acciones de otro hombre mayor, y se hace evidente que el mayor le está enseñando al más joven cómo realizar el ritual. Nombra los pasos, corrige los defectos y reprende al joven cuando se equivoca. Al ver los movimientos del joven, notas que está cometiendo errores intencionadamente, pero no comprendes qué espera lograr con ello. A medida que avanza el ritual, el maestro se va molestando más con el joven. Camina hasta él, se inclina y se coloca a su altura para reprenderlo.
 
Parece que esto es lo que el joven estaba esperando.
 
El joven aprovecha la distracción de su maestro. Suelta el incensario que lleva en la mano y fija la mirada en el maestro, completamente concentrado en su objetivo. Una voluta de energía emerge de los ojos del joven directamente a los del maestro, que se levanta con los ojos lechosos y balanceándose vacilante sobre sus pies. El joven jamás retira la mirada del maestro y, lentamente, lo va rodeando. Parece decepcionado. Se detiene de la cabeza a los pies y mira a los ojos blancos con desdén. "¿Es eso todo?" susurra, mirando a su maestro fijamente como si de una serpiente se tratara. "¿Cómo se me ocurrió que tú pudieras ofrecerme algo a mí?" Parpadea, gira la cabeza hacia un lado, se da la vuelta y sale de la habitación. Una brillante niebla azul fluye de los ojos y la boca del maestro y le envuelve el cuerpo con bucles sinuosos. Se desliza por sus brazos y se abre camino hacia su abdomen, para luego recorrer sus piernas. La niebla se esparce y se va acelerando mientras rodea el cuerpo del maestro, cada vez con más brillo. La velocidad aumenta hasta que ya no parece niebla, sino un capullo brillante que envuelve su cuerpo. Un débil zumbido emerge de ente la niebla, cada vez más alto y más contundente. El joven se detiene en la puerta mirando al anciano con un leve aire de interés. El aire que rodea el maestro se enciende con un silbido y el anciano empieza a arder. El olor de su propia carne quemándose lo saca de su ensueño y un grito brota de sus pulmones. El joven se da de nuevo la vuelta, impertérrito, y se marcha; ya nadie escucha los gritos mortales de su maestro.</DefaultText>
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      <ID>111</ID>
      <DefaultText>Ves una mano, retorcida y amoratada, clavada al suelo con un clavo de metal torcido. El suelo está cubierto de sangre, que gotea por los muebles y las paredes. Este hombre levanta la mirada desde el cuerpo sobre el que se encuentra para observar la matanza que ha provocado en la familia de esta casa.
 
Hay cuatro cadáveres: una mujer, dos jóvenes y una niña, los cuatro en el suelo y con los ojos vendados. Tienen las piernas atadas y las dos manos clavadas al suelo con clavos. Le ha quitado la venda a la mujer y le está haciendo algo en los ojos. Saca una espada pequeña y le vuelve a cubrir los ojos dándole una palmadita a la venda. Se levanta, mira a su alrededor y parece satisfecho con su obra. De repente, se le acelera la respiración cuando oye que se acerca alguien a la puerta. Se paraliza de la emoción y después entra de nuevo rápidamente a la estancia y se oculta entre las sombras. Desde su posición de ventaja ve los cuerpos colocados a la perfección, todos de cara a la puerta para recibir al señor de la casa, y con los brazos extendidos esperando un abrazo.
 
La puerta se abre y, lentamente, se saca otro clavo del cinturón. Su lengua juguetea con los dientes de tanta expectación.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una casa modesta, cálida por el fuego de la cocina que arde en el otro extremo. Este hombre está sentado en una silla con respaldo alto, mirando un libro grande y con un niño sentado en su regazo. Sonríe y le pregunta al niño por las ilustraciones de las páginas, mientras señala diferentes partes del libro. Levanta la mirada cuando se acerca una mujer para remover algo en el fogón. Echa zanahorias en la olla, las mezcla bien y después se gira hacia el hombre. Le dice algo, se inclina para darle un beso y, entonces, alguien llama a la puerta.
 
El hombre hace ademán de levantarse pero la mujer le indica que no se mueva. Camina hacia la puerta y mira por la ventana. Fuera, está ya demasiado oscuro y no se ve nada. Levanta el pestillo de la puerta y la abre; al otro lado hay un hombre alto y desgarbado que sonríe de un modo extraño.
 
Se escucha un sonido húmedo y desgarrador y la mujer lanza un gemido débil; se derrumba en el suelo, está rodeada de sangre. El hombre de la silla se levanta, coge a su hijo y se interpone entre el niño y el hombre de la puerta, que pasa por encima del cuerpo y entra en la casa. "Galark juró que sentirías dolor" dice el hombre mientras cuatro hombres más entran detrás de él. "Parece ser que toca pagar el alquiler".</DefaultText>
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      <ID>113</ID>
      <DefaultText>Ves a un hombre solo, de pie frente a un campo. Mira a su alrededor y examina los cultivos. A veces se inclina para inspeccionar una hoja de cerca. Está resuelto en su tarea y completamente absorto por su trabajo. Este hombre se acerca por detrás. Se mueve lentamente, pero no trata de ocultar sus movimientos. Lleva una espada grande en la mano. La actitud del hombre no parece ni perversa ni vengativa. Podría decirse que está satisfecho.
 
El primer hombre lo oye venir y se levanta, apartando la vista de la planta que estaba inspeccionando. Su rostro brilla con una sonrisa y abre los brazos para darle la bienvenida. La sonrisa se congela y se tuerce cuando el segundo hombre le atraviesa el estómago con la espada hasta que la punta le sobresale por la espalda. Los brazos se le desploman y empieza a gotear sangre desde la espada hasta las plantas que hay debajo del hombre.
 
El primer hombre cae de rodillas y el segundo saca la espada mientras una lágrima le recorre lentamente el rostro, todavía sonriente.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una ráfaga de cabello blanco apelmazado y un báculo incandescente de fuego y hielo antes de llegar a ver al hombre, frío y salvaje. Mastica lentamente una manzana podrida, descargando un hechizo tras otro sobre el montón de aldeanos que se dirigen a gritos hacia él. Frías llamaradas emergen de su nariz, escupe pepitas de manzana por la comisura de su boca mientras camina hacia delante, ignorando flechas e insultos. Un giro deliberado de su báculo y una bala de fuerza se desliza a través del torso de un agresor, y de otro. 
 
Un gruñido le llaga la garganta mientras se lanza al centro, rasgando su esencia con su báculo. Una mano suplicante se acerca hacia él y cae rápidamente, ignorada. 
 
Se hace el silencio cuando el hombre harapiento recoge su premio: una cesta de peras recién cogidas. Tararea mientras come.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves una figura alta recorriendo el borde de una alfombra de esquina a esquina, moviendo los dedos con impaciencia. El sonido de la batalla se escucha cada vez más cerca, abriéndose camino entre cuevas y pasillos, cruzando puertas y atravesando soldados, y el mago sigue caminando. Empuja su puerta y la abre, recorriendo la cueva reformada; coge pergaminos de los estantes y les exige pociones a los soldados aterrorizados. Da una patada a una silla que encuentra a su paso y regresa a su estancia para prepararse. A medida que se cerca el enemigo, empieza a lanzar un hechizo tras otro, defensas, vigor adicional, trampas. La piel se le endurece como el metal cuando entran, las espadas vuelan y las flechas cortan el viento. "Última oportunidad para replantearse esto," afirma. Una flecha le responde mientras le pasa silbando junto a la cabeza Suspira y los labios se le encogen por el esfuerzo de la embestida. 
 
Son seis, pero muy pronto se reducen a cuatro, y a tres, y a uno. Para el último, decide sacar la daga y asegurarse, lanzándola directamente a la sien del orlano. El hombre se derrumba. Ninguno vuelve a levantarse.
 
El mago ladra en el corredor pero no recibe más respuesta que el silencio. Frustrado, empieza a deshacerse de los cuerpos. Él es el único superviviente.</DefaultText>
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      <DefaultText>Ves a un hombre que se cruza de brazos y levanta la barbilla. La luz de la luna y de las antorchas le iluminan el rostro. "Y una mierda".

El elfo que está delante de él tiene una expresión de pánico. "¿Has perdido el juicio? ¡Lo he visto!"

"¡Ajá!" grita el primer hombre levanta el dedo con un aire triunfante. "Acabas de decir que solo lo habías oído".

El elfo parpadea. "¡Por todas las bestias de Galawain! ¿Qué tiene que ver eso con nada?"

"Dijiste que solo lo habías oído. Ahora me estás diciendo que es un monstruo del tamaño de dos aumauas de pelaje teñido en sangre". El hombre da un paso hacia el elfo. "Y ahora yo estoy diciendo que eres un mentiroso, Doran".

Doran balbucea. "Dioses, Visceris, ¿a quien le importa cómo es? Es un lobo rabioso. Viste lo que le hizo a la oveja..." El elfo mueve sus manos arriba, agitando su propia cabeza. "Quieres estar ahí fuera toda la noche para ver a esa cosa por ti mismo, hazlo por tu cuenta. Yo me largo de aquí".

"Vale".

"Todo bien".

"Bueno".

El elfo se va echando chispas, lanzando una última mirada sobre su hombro tal como desaparece tras la colina. El hombre se dirige en la otra dirección, espada en una mano y antorcha en la otra. En pocos minutos, él llega a un destruido corral donde yacen una docena de ovejas muertas, sus gargantas desgarradas y sus tripas esparcidas por el suelo. No es el trabajo de un depredador normal.

Algo hace un crujido desde el pasto seco.

Visceris se gira pero no ve nada. Levanta aún más su antorcha.

Esta vez, un crujido suena detrás de él, cerca del corral. Se gira de nuevo para ver un lobo. No es tan grande como Doran había jurado, si bien su pelaje tiene apelmazado rojo alrededor de su garganta y garras, el resto de la descripción dada por el elfo es una exageración sensacionalista. Típico.

Visceris siente una pequeña satisfacción con esto incluso mientras el lobo se lanza a por él, su mandibula echando espuma y sus ojos en blanco.</DefaultText>
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